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De un abismo infernal a un mundo lleno de colores

  • Escrito por Óscar Girón - Técnico de Comunicaciones FISDL
  • Categoría: Ciudadano
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De un abismo infernal a un mundo lleno de colores

Las blanquecinas olas, el planeo esplendoroso de las gaviotas, el aire que emponzoña los pulmones  con oxígeno salubre y que corrompe  el sepulcro rutinario que existe en nuestro organismo por uno más alegre y lujurioso, espacio que nos obliga a revolcarnos en la arena ante la embriagues ocasionada por la felicidad de estar en familia o por el consumo de algunas bebidas que aturden la mente.

Este ambiente costero que hace mutar a las personas en cada vacación o cuando el cuerpo se quiere ensalmar – embrujar - por la vanidad de aquel inmenso charco  que oculta su verdadero rostro reflejando el cielo, es un mundo de donde muchas mujeres son engañadas, maltratadas, violadas y marcadas como comerciantes sexuales.

Este es el universo violento que vivió nuestra entrevistada, a quien  llamaremos Jennifer Xiomara - por su seguridad-  y que logró sobrevivir a este caudal desenfrenado a través de un apoyo económico que recibió del Gobierno Central y Municipal.

Jennifer es una costeña  de nacimiento. Las primeras luces que vio al salir del vientre de su madre fue un día de septiembre de 1987,  en las riberas de una de las  playas ubicadas en la  Ciudad de los  Cocos, como se le conoce a Sonsonate.  En su infancia supo degustar las distintas especies de peces y distinguirlos por su nombre;  pero también, supo saborear la desdicha que pasan los barrios pobres de la orilla de la playa, es decir, el hambre.

Para medio superar esta última, ella compartió su cuerpo para suplir las necesidades enfrentadas en su niñez, y cruzó dos fronteras  para venderse al mejor postor, producto del engaño de una amiga, quien al final se convirtió en su matrona en el país donde abunda el mariachi y el pozole.

Embarque de amor y dolor

Para iniciar este relato como muchos existentes de esta índole en El Salvador, había que pedir el consentimiento a Jennifer, quien a la sombra de un árbol de mango, dijo: “Quiero que se dé a  conocer mi historia, para que muchas jóvenes no caigan en este hueco -prostitución-, porque no trae nada bueno, más que desapariciones, muertes y mala vida”.

El telón de la vida y martirio de esta fémina se descorre en su adolescencia, cuando se embarca de su lugar de origen hacia el Oriente del país. Ella comenta: “A los 18 años, me acompañé, me fui para La Unión, hice mi viaje siguiéndolo a él, y también, porque  ya no podía vivir en mi casa: las necesidades eran grandes;  mi madre se había quedado sola porque mi padre se había ido para los Estados Unidos, olvidándose de nosotros”
A lo que secunda: “Me tocó buscar un sostén económico debido a que mi madre con lo poco que ganaba en la costura,  apenas alcanzaba para la comida y con la muerte de mi abuela, entró en Shock – se conmocionó- , esto empeoró las situación en el hogar. Ya no íbamos a la escuela  y ella nos desatendió. Había que sobrevivir en un barrio pobre y la mejor forma que opté fue acompañarme”.

Sin embargo, esta costeña que tenía en mente navegar en las aguas del amor, nunca pensó que sería víctima de un agresor en potencia. Ella cuenta: “Cometí un error, me fui de la casa por buscar lo mejor, me fue mal con el hombre que elegí, me apaleaba por todo lo que hacía, era bien celoso, en vez de caricias recibí golpizas. Por eso lo dejé”.

Luego de sus quebrantos amorosos,  a pocos días de haber llegado a su hogar maternal,  Jennifer se deja endulzar el oído por una amiga. La propuesta era muy alentadora y la obligó a embarcar su cuerpo a una nueva aventura laboral, la cual  sería toda una odisea.

El segundo atracadero de su desventura

“Vino una amiga,  me sacó de la casa con mentiras, ella  me conseguiría un trabajo fuera del país. En efecto, viajamos a México, dizque íbamos para un trabajo decente. Ella me vendió en un bar de mala muerte. Por esto quiero que se conozca mi historia, para que las jóvenes que tienen ideales de mejorar su vida en el extranjero no caigan en malas manos y compañías”, puntualiza Jennifer.

Ella rememora: “Por confiar en quien no debía, me obligaron a bailar en una barra show y vender mi cuerpo al mejor postor, no se lo deseo a nadie. Por la gracia de Dios, pude escapar de las manos de estas personas que me mantuvieron cautiva -con dos custodios- por un mes”.

Habiéndose escabullido de sus explotadores sexuales, sorteó una vez más las fronteras, como dice ella: “Descalza las pasé gracias a un joven guatemalteco que me dio jalón – la trasladó-  porque no tenía dinero para costear los gastos. Además, aguanté hambre por todo el camino, pero valió la pena llegar a mi país, ver a mis hijos y a mi madre, quien me los cuidó con mucho cariño. Viaje que no lo volveré a recorrer y que comenté a mis amigas para que no se dejaran convencer por el encanto laboral que le pintan muchas personas que se dedican a este negocio- la prostitución-. Unas me hicieron caso, otras se fueron. De estas últimas, tres aparecieron muertas en un cañal en Guatemala y dos de ellas están desaparecidas”, puntualizó.

Del meretricio al PATI

Pero la desventura de Jennifer no terminaba allí. Estando en casa, las necesidades de alimentar  a sus vástagos apremiaban. Esta condición la obligó a buscar trabajo y una vez más su cuerpo vuelve a ser víctima del meretricio-prostitución- y nos comenta: “Me fui a trabajar de sirvienta-oficios doméstico- pero me fue mal, el patrón  abusaba  de mí, no podía decirle mayor cosa, yo conocía a la esposa. Pero la necesidad podía más y me obligaba hacer lo que no quería. Sin embargo, tomé fuerza y me salí”

Ya sin trabajo y con dos bocas que alimentar, esta fémina busca la ayuda de sus familiares,  quienes no tenían muy buena referencia, según ella: “A mi tía le había llegado los rumores que yo sólo pasaba en discotecas y con amigas  que no eran buena compañía”.

Ante estos malos comentarios,  Jennifer le demostró a su tía que podía superar el pasado, trabajando hombro a hombro en el arte decorativo de uñas, oficio que le abrió las puertas y que perfeccionó a través del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso- PATI- administrado por el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local-FISDL- en coordinación con la Municipalidad.

En este programa gubernamental, Jennifer participó junto a 238 personas que fueron beneficiadas en una primera convocatoria con 100 dólares mensuales durante seis meses. Ella, a cambio participaba en proyectos comunitarios como: Limpieza de canaletas, quebradas, tragantes y tuberías de aguas negras. A estos se suman, el cuido y aseo del bosque salado de su municipio.

Adicional a los proyectos comunitarios priorizados por la municipalidad, también fue capacitada en cosmetología y decoración de uñas, un mundo lleno de colores donde según ella: “Desde que me gradué del PATI en octubre de 2011, pude salir del hoyo-prostitución-, ahora trabajo en el decoro de uñas y coloco tinte, hasta hago encargos a domicilio, me va bien”.

El decoro de uñas es un arte milenario que utilizaban las chinas y las egipcias para lucir más bellas. Arte que ha explorado esta costeña, quien se vale de esmaltes de vivos colores para delinear y crear formas según los gustos de cada clienta.

Jennifer insiste: “Quiero que mi historia la vean, que sirva para que muchas jóvenes que caen el hueco –prostitución-, no lo hagan,  no trae nada nuevo…  muchas amigas desaparecieron al irse para otros países. No se sabe si están muertas”.

Como esta fémina de dos décadas y media, existen muchas mujeres que han participado en el PATI y que se salpicaron de conocimientos en diferentes oficios para cambiar su condición de vida por una más digna, llena de cohesión social, ingresos permanentes  y lejos  de los estigmas que impone la sociedad a todas las personas que viven a las riberas de las costas salvadoreñas. Lo único que necesitan es un apoyo económico como capital semilla para montar su negocio y salir del abismo infernal en que se encuentran por un mundo lleno de colores y esperanzas para poder sobrevivir.

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