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Santa Ana

  • Categoría: Santa Ana
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Departamento: Santa Ana. Título de Ciudad: 1824.

Topónimo: Significa sacerdotisa o pitonisa. De tal suerte, que Cihuatehuacán significa literalmente "la ciudad de las sacerdotisas". o "la ciudad de las pitonisas". proviene de elcíhuat, mujer; telihua, brujo, y can, ciudad (sufijo locativo).

Ubicación:  13°59'45.48"N, 89°33'9.01"W. googlemapsGoogle mapsgoogleearth Google Earth

 

 

 


Orígenes y etimología

Los orígenes de esta importantísima ciudad salvadoreña se pierden en el hondo misterio que rodea a los pretéritos siglos de la época y precolombina.

Sin embargo, las evidencias arqueológicas acusan que la región donde hoy se levanta esta población ha sido habitada por el hombre desde los tiempos más primitivos, y que por lo menos hacia los siglos V ó VI de la Era Cristiana floreció allí una civilización debida a los pokomames, pueblos de la gran familia mayaquiché.

El monolito de Cihuatehuacán, el ídolo del Congo, la estela de Tazumal, los sofás de Casa Blanca, los petrograbados de Las Victorias, la estatua Izqueye de la laguna de Coatepeque y otros testimonios líticos e históricos han permitido reconstruir las fronteras de la mara­villosa civilización indígena llamada por el profesor Jorge Lardé "la civilización tazumalense".

Estos pueblos pokomames, y entre ellos el de Cihuatehuacán, experimentaron a raíz del colapso tolteca del undécimo y duodécimo siglos de la Era Vulgar, la influencia de la cultura derivada y altamente desarrollada del Anáhuac. Colocada Cihuatehuacán en una de las rutas naturales de comuni­cación, recibió a los toltecas que con Topilzín Acxitl llegaron a la región del Güija muy a principios de la segunda mitad del siglo XI A. D. y, como todos los pueblos comarcanos, acató la autoridad del Sumo Pontífice del poderoso Sacerdocio del Lucero de la Mañana.

A partir de entonces se produce intensivamente el cruzamiento de los elementos nativos, los pokomames, con los elementos emigrantes, los toltecas (yaquis o pipiles) y se fusionan asimismo los elementos culturales de ambos pueblos y uno de los fenómenos resultantes de esa mezcla es el predominio del idioma náhuat sobre el idioma pokomame y, por consiguiente, el desaparecimiento de la toponimia arcaica y el aparecimiento de una nueva nomenclatura geográfica.

Es así como ignoramos el nombre pokomame de esta población, pues el de Cihuatehuacán, que era el que ostentaba a la llegada de los españoles por 1525, es de origen francamente náhuat. En efecto, Cihuatehuacán proviene de elcíhuat, mujer; telihua, brujo, y can, ciudad (sufijo locativo). Cihuatehua, por su parte, significa sacerdotisa o pitonisa. De tal suerte, que Cihuatehuacán significa literalmente "la ciudad de las sacerdotisas", o "la ciudad de las pitonisas".

Es importante recalcar la enorme importancia que tenían los tehuas en la gentilidad mesoamericana, pues según apunta el oidor don Diego García de Palacio el tehua "era el mayor hechicero y letrado en sus libros y artes, y el que declaraba los agüeros y hacía sus pronósticos". Por otra parte, en Mictlán y en toda el área de Güija el culto estaba dividido entré dos dioses: Quetzalcúat, divinidad masculina, a quien se le consagraban quince días del mes; e lzqueye, divinidad femenina, a quien le estaban atribuidos cinco días del mismo.

La antigua Santa Ana era "la ciudad de las hechiceras", algo así como la ciudad donde se asentaba el poderoso sacerdocio de la diosa Izqueye, "la de los vestidos de obsidiana".


Época colonial

En 1550 tenía Cihuatehuacán unos 3,000 habitantes y estaba encomen­dado a don Antonio de Campo. A principios de 1569 salió de Guatemala el infortunado obispo fray Bemardino Villalpando y "en el pueblo de Chalchuapa, o el de Santa Ana, camino de la provincia de Cuzcatlán -refiere el cronista seráfico fray Francisco Vásquez-, le cogió la muerte. Habiéndose acostado su ilustrísima, al parecer sin achaque, por ser más del alma que del cuerpo el que le aquejaba; entrando a la mañana a verle un paje, por extrañar el que no hubiese llamado en toda la noche, le halló muerto y yerto, medio sentado en la cama, caída la cabeza, y metida entre las dos rodillas, como que hubiera ahogádose, según manifestaba lo salido de los ojos".

El obispo Villalpando murió ciertamente en el antiguo pueblo de Cihuatehuacán, al que él dio el nombre y advocación de Santa Ana, nombre que vino a sustituir al vernáculo.

La causa de su muerte fue, probablemente, un ataque cardíaco o un derrame cerebral. Su cadáver fue sepultado en la ermita provisional que él había mandado a construir.

En la Carta de Relación del oidor don Diego García de Palacio al Rey de España Felipe 1I, de 8 de marzo de 1576, aquél dice a éste lo siguiente: "De allí (Atiquizaya) fuí al lugar de Santa Ana; no tiene cosa de notar mas que dos géneros de madera, de las astillas de la una hacen y tienen la color leonada, y el otro palo si lo echan en el agua se torna azul". En este documento se ve citada por primera vez esta población con su nombre español: Santa Ana, y con omisión para siempre de su nombre indígena, Cihuatehuacán.

El viernes 9 de mayo de 1586 el padre comisario fray Alonso Ponce, de la Orden de San Francisco, prosiguió su camino y "luego como se despidió del clérigo de Chalchuapa -dice la "Relación Breve y Verda­dera"-, y andadas dos leguas de buen camino, llegó a comer a otro pueblo llamado Santa Ana, de los mismos indios (pipiles) y Obispado (de Guatemala), beneficio de otro clérigo muy devoto, el cual con el guardián de Zonzonate le salió a recibir, y ellos dos y los indios le hicieron mucha fiesta y caridad; llovió aquella tarde y noche mucho, hubo una tempestad de truenos y relámpagos tan terrible que a todos puso miedo". "Sábado diez de Mayo, pasado el agua y tempestad sobredicha -agrega la crónica seráfica-, salió el padre Comisario de aquel pueblo de Santa Ana, muy de madrugada, y pasado allí junto a las casas por una  puente de piedra un buen arroyo (el río del Molino) con que riegan los indios sus cacaguatales", se dirigió rumbo a Coatepeque.

Apunta el ex gobernador del departamento de Santa Ana don Teodoro Moreno, en sus "Notas Estadísticas", que "en 1708 comienza a figurar en la historia con el nombre de Santa Ana Grande". "Afligida esta población en el mes de Mayo de 1733 por fuertes temblores y (por) la epidemia de viruelas -agrega el Sr. Moreno-, invocó la protección de la Virgen del Rosario, jurándola patrona especial, y ofreciendo celebrarle, con el mayor júbilo, un novenario de misas solemnes; habiendo cesado el malestar, se convirtió el voto en quincenario. Tal es el erigen de las fiestas religiosas y cívicas que celebran sus vecinos con tanta alegría durante la mayor parte del mes".

En 1740, según el alcalde mayor de San Salvador don Manuel de Gálvez Corral, Santa Ana Grande tenía una población étnicamente repartida así: 23 españoles, 265 indios tributarios (unas 1,325 personas) y 617 mulatos o ladinos "que componen cuatro compañías, dos de a caballería y dos de infantería de soldados, para la custodia y socorro de las costas inmediatas".

En una relación geográfica de la Alcaldía Mayor de San Salvador hecha por don Francisco Quintanilla el 21 de agosto de 1765 se consigna que, además de las ciudades de San Salvador y San Miguel y de la villa de San Vicente existían en esta provincia mucho más de 140 pueblos, de indios los más y pocos de ladinos, "entre los cuales se hallan algunos singulares en su extensión y copia de vecinos de todas calidades y condiciones; estos son el Pueblo de Santa Ana Grande, el de Chalatenango, el de Coxutepeque y el de Zacatecoluca, los cuales maneja y gobierna el Alcalde Mayor de San Salvador, por sus Tenientes que para dichos partidos nombra inescriptus, con aprobación de dichos nombramientos que obtiene del Supremo "Tribunal de la Real Audien­cia de este Reino (de Guatemala), a la representación de la distancia en que están dichos partidos de la Capital, y necesidades que tienen de la personal residencia de su Juez", En 1770, según el arzobispo don Pedro Cortés y Larraz, la parro­quia de Santa Ana tenía por cabecera al pueblo de este nombre y por anejos a los Santa Lucía Chacalcingo (hoy barrio) y Coatepeque. Habla monseñor del valle muy frondoso y fértil, pero poco cultiva­do, en que está situada la cabecera del curato, que "es Pueblo grande, hermoso, con buenas y ordenadas calles, y con bastantes casas buenas y cubiertas de teja", habitadas por "muy pocos indios", pues casi todos sus vecinos "serán algunos españoles y los restantes ladinos, y así lo manifiesta el traje de todos". En efecto, la población de Santa Ana Grande estaba representada por 138 familias indígenas con 635 personas y 589 familias de ladinos, con algunas de españoles que vivían en las haciendas, con 4,106 miembros. La parroquia estaba administrada por el cura párroco presbítero Juan Bautista Collado y el coadjutor presbítero Joaquín Joseph Castañeda. Había además un eclesiástico anciano, con el título de vicario provin­cial, que lo era el presbítero Antonio Vega. "El idioma que se halla corriente es el castellano -dice el arzobispo Cortés y Larraz; pero el materno de los indios es el mexicano (náhuat)" . Los santanecos de aquella época, según el cura párroco señor Collado, tenían la costumbre de "irse los más a tener Semana Santa en Esquipulas" , También informó éste al señor arzobispo que en Santa Ana "se forman varias escuelas de ladinos, pero (que) no se mantienen" y que "entre los indios no se ha podido entablar la escuela de -leído, porque a la. hora de apurar a los muchachos, o por la repugnancia con que están se huyen a otras partes, o sus mismos padres los esconden en las milpas".

En 1786 se creó la Intendencia de San Salvador y uno de sus quince partidos fue el partido de Santa Ana, con cabecera en el pueblo de este nombre. En 1802 una plaga de chapulín invadió y destruyó totalmente las sementeras santanecas y,. a raíz de ese suceso, hubo hambre. En 1806 el señor Juan José Aguilar, procurador de número y vecino principal de Santa Ana, se presentó ante el Presidente de la Real Audiencia mariscal don Antonio González Mollinedo y Saravia, expre­sándole que "en obsequio del bien público y lustre de sus familias, había ansiado por la creación de un Ayuntamiento" en el pueblo de Santa Ana.

El gobierno colonial accedió a lo solicitado, y en 22 de noviembre de 1806 los cargos concejiles quedaron repartidos así: alcalde provin­cial, don José Mariano Castro; regidor sencillo, don Domingo Figueroa; Alférez real, don Fernando Méndez; regidor sencillo, don Mariano Menéndez; y alguacil mayor, don Santiago García. En 1807, según el corregidor intendente don Antonio Gutiérrez y Ulloa, el partido de Santa Ana comprendía 3 parroquias, con 5 pueblos, 34 haciendas, 26 sitios y 20 ranchos, con una población total de 10,529 personas étnicamente distribuidas así: 206 españolas, 6,856 mulatas o ladinas y 3,469 indígenas.

Apunta el historiador eclesiástico presbítero don Domingo Juarros, que en 1810 era cabecera de partido "el pueblo de Santa Ana Grande, llamado de esta suerte, así por distinguido de otros que tienen la misma advocación, como por su numeroso vecindario, pues pasa de 6,000 personas, las 338 españolas, 3,417 ladinos y los demás indios; la iglesia parroquial es muy capaz; en este pueblo reside el Subdelegado del Intendente de San Salvador; hay estafeta de correo y un regimiento de milicias, con 567 plazas". El 14 de agosto de 1809 había sido nombrado Subdelegado de la Real Hacienda, en el partido de Santa Ana, don Santiago García. En la hora que los próceres de San Salvador abrieron el proceso de la independencia nacional era cura vicario de Santa Ana el presbítero Miguel Ignacio Cárcamo y coadjutores José María Campo y José Francisco Rendón.


Proceso de La Independencia

Hablando de la participación de Santa Ana Grande en la épica gesta de la independencia centroamericana, dice el señor Moreno: "Los acontecimientos que precedieron a la independencia, no fueron en verdad de su entera aprobación. Sin ninguna instrucción particular y ocupados constantemente sus vecinos en las labores de una rústica agricultura, profesaban como artículos de fe las opiniones de sus mismos curas. Por este motivo, cuando el Presbítero Dr. D. Matías Delgado en. unión de otros caudillos, hizo resonar el grito de independencia el 5 de Noviembre de 1811, Santa Ana renovó el juramento de vasallaje", Verdad es que la aristocracia provinciana, familias adineradas y el clero chapetón, condenaron vivamente aquel primer ensayo de auto­nomía de San Salvador y que juraron fidelidad al Rey Cautivo Fernando VII. Verdad es también que por este hecho, que no fue insólito en el Reino de Guatemala, Santa Ana Grande no figura en los fastos nacionales como "ciudad libertadora", y que no más de un historiador mal informado, ha hecho a esta metrópoli el tremendo cargo de que en nada contribuyó a la causa justa y santa de la emancipación política y afirmado que por lo tanto no tiene ni un solo prócer de la independencia, Este es un craso error, que el acendrado patriotismo no debe alimentar nunca, porque Santa Ana sí coadyuvó en la magna epopeya de la libertad de Centroamérica y sí tiene próceres insignes que están reclamando el bronce o el mármol, o por lo menos el recuerdo agradecido de un Pueblo. En efecto, el 17 de noviembre de 1811, cuando aún no se había apagado el eco de las campanas de La Merced ni extinguido la afrenta de aquel reiterado juramento de vasallaje, los vecinos plebeyos del barrio de España, de Santa Ana, se amotinaron contra la autoridad real, exigiendo que dejaran el poder los chapetones y que sólo mandaran los naturales, ladinos y españoles criollos, y pidiendo que se abolieran los tributos, el fondo de pardos, los estancos de aguardiente y tabaco, etc., etc. Consta, en los "Procesos por Infidencia", que hacía de cabeza en ese motín sublime un hombre de baja condición, natural de Comayagua, el negro Francisco Reyna, alias "el Favio", quien seguido de Juan de Dios Jaco, Lucas Morales, Bruno Rosales, Tiburcio Morán, Eustaquio Linares y Ramón Salazar, así como de las valerosas mujeres santanecas Juana Evangelista, Anselma Ascencio y Dominga Fabia, dio el mencio­nado 17 de noviembre de 1811 el "Grito de Libertad", auténtico grito de independencia. "Se debe añadir, en obsequio de la justicia -comenta el Sr. Moreno--, que el pueblo de Santa Ana no fue jamás hostil a los principios liberales que han sostenido siempre los buenos salvadoreños; animados por un falso celo religioso, fue éste el resorte de su carácter político, hasta estos últimos tiempos; pero ahora que sus habitantes han ensanchado la esfera de. sus relaciones, de sus conocimientos y de su riqueza, sus opiniones están absolutamente rectificadas".


Título de Villa

El capitán general del Reino de Guatemala don José de Bustamante y Guerra, desestimando la rebeldía de los vecinos del barrio España y estimando en demasía el reiterado juramento de vasallaje dado al Rey por las principales familias santanecas, solicitó a la Regencia del Estado Español que se confirmara el título de villa. para Santa Ana Grande y el rango de canónigo para el cura vicario presbítero don Miguel Ignacio Cárcamo, "en recompensa de su conducta pa­triótica en las alteraciones ocurridas" en la Intendencia de San Salvador en 1811. Las Cortes Españolas, en sesión de II de julio de 1812, autorizó a la Regencia para que pueda conceder "al pueblo de Santa Ana el (título) de villa", y la Regencia lo otorgó en orden de 15 de julio de dicho año. Sin embargo, el cura vicario' señor Cárcamo no recibió los honores de canónigo de la Catedral de Guatemala.


Independencia y República

El 21 de septiembre de 1821, por la noche, llegó a la villa de Santa Ana Grande el correo que transportaba los documentos relativos a la proclama­ción de la independencia de Centroamérica el 15 de septiembre anterior. Conocido el contenido de tales documentos, el Ayuntamiento de Santa Ana convocó al pueblo á un cabildo abierto y en medio de las manifestaciones del más intenso júbilo juraron todos ser fieles al nuevo orden de cosas. A fines de ese mismo año, la incipiente República en Centroamé­rica se tambaleó ante la invitación del brigadier don Agustín Iturbide, contraída a que el antiguo Reino de Guatemala se incorporara en el nuevo Imperio Mexicano. La metrópoli, Guatemala, juró acatamiento al Imperio; San Salva­dor, en cambio, sostuvo los fueros de la República. Santa Ana Grande fue arrastrada por el carro imperial, y ocupada en marzo de 1822 por las fuerzas imperialistas del sargento mayor Nicolás Abos Padilla. Reconquistada más tarde por las fuerzas republicanas a las órdenes del general Manuel José Arce, Santa Ana Grande fue después centro de operaciones de la Columna Imperial y plaza fuerte del ejército mejicano que invadió nuestra Patria capitaneado por el brigadier Vicente Filísola (1822-1823). ¡La República triunfó sobre el Imperio! y en 1823, siendo cabecera del partido electoral de Santa Ana, que comprendía además a los pueblos de Metapán, Coatepeque, Chalchua­pa, Atiquizaya y Texistepeque, eligió por diputados propietarios a la Asamblea Nacional Constituyente a los señores José Francisco Córdova y Marcelino Méndez.


Título de Ciudad

El partido electoral de Santa Ana eligió a principios de 1824 dos diputados propietarios y dos diputados suplentes, para que concurrieran a San Salvador e integraran parte del primer Congreso Constituyente del Estado. En ese mismo año de "1824 -dice el señor Moreno-la Asamblea Nacional Constituyente (de las Provincias Unidas de Centro América)  le concedió el título de Ciudad."


Sucesos posteriores

La Constitución política de 12 de junio de 1824, solemnemente jurada en Santa Ana el 18 de julio siguiente, dividió el territorio de El Salvador en cuatro departamentos, uno de los cuales fue el de Sonsonate, a cuya jurisdicciÓn quedó incorporado el partido y municipio de Santa Ana. El 13 de marzo de 1825 los vecinos de esta ciudad juraron solemnemente la Constitución Federal, emitida el 22 de noviembre del año antecedente. El 16 de julio de 1827 el ejército federal invasor ocupó la plaza  estratégica de Santa Ana. En ese mismo año se trabó un sangriento combate entre fuerzas salvadoreñas al mando del general Rafael Merino y fuerzas federales a las órdenes del general Francisco Cáscaras. En diciembre de 1828 el general Francisco Morazán ocupó militar­mente esta plaza y desde allí organizó parte del famoso Ejército Aliado Protector de la Ley. Nuevamente el 6 de enero de 1832 el general Francisco Morazán ocupó la plaza de Santa Ana, con ocasión de que el Jefe de Estado don José María Cornejo se oponía a las reformas liberales introducidas por el gobierno del ilustre Unificador de Centroamérica.


Cabecera departamental

Durante la administración del general Nicolás Espinoza y por Decreto Ejecutivo de 22 de mayo de .1835 se declaró cabecera del departamento de Sonsonate a la ciudad de Santa Ana. Por esa misma ley se anexó al departamento de Sonsonate el distrito de Metapán y, por lo tanto, los gobernadores que residían en Santa Ana ejercian su autoridad en todos los pueblos de la Zona Occidental de El Salvador. El 15 de julio de 1837 tuvo efecto una revolución conservadora en la ciudad de Santa Ana, pero los revoltosos fueron fácilmente domina dos por las tropas federales que lucharon a las órdenes del general Carlos Salazar. En ese mismo año de 1837 apareció por primera vez, en Santa Ana, el cólera morbus. El 9 de marzo de 1838, el General Presidente 'de la República don Francisco Morazán partió de Santa Ana con 300 soldados, con el propósito de pacificar al Estado de Guatemala, víctima del cólera morbus y de los desmanes de "la facción de la montaña" que acaudillaba el salvaje cuidador de cerdos Rafael Carrera. El 17 de noviembre de 1839 tuvo efecto el primer levantamiento de  "los volcaneños". Estos fueron derrotados en el paraje llamado Los Calzontes, por el coronel Enrique Rivas. En enero de 1842 se produjo en Santa Ana un levantamiento armado contra el impopular gobierno del licenciado Juan Lindo. El 8 de octubre de 1843 el comandante de la plaza santaneca, coronel Ponciano Castillo, derrotó a una facción de volcaneños arma­ dos por el gobierno de Guatemala.


Santa Lucía Chacalcingo

El actual barrio de Santa Lucía en la ciudad de Santa Ana, fue desde los tiempos precolombinos hasta el 8 de marzo de 1854, mi pueblo de indios pipiles. Chacalcingo, en idioma náhuat, significa "lugar de los camaroncillos", pues proviene de chacal, camarón; sin, diminutivo; chacalcin, chercalín, camaroncillo, y go, sufijo locativo. ­En 1740 el alcalde mayor de San Salvador don Manuel de Gálvez Corral, escribía que "Tiene el pueblecillo de Santa Lucía, pegado al pueblo de Santa Ana Grande con sesenta y cinco indios" tributarios, o sea alrededor de 325 habitantes. En 1770 como pueblo de la parroquia de Santa Ana contaba, según el arzobispo don Pedro Cortés y Larraz, con una población de 244   personas repartidas en 54 familias. Ingresó en 1786 en el partido de Santa Ana. Finalmente, por Acuerdo Legislativo ,de 8 de marzo de 1854 el pueblo de Santa Lucía Chacalcingo se agregó como barrio a Santa Ana, cesando en sus funciones y la media municipalidad que allí residía.


Cabecera del departamento de Santa Ana

Durante la administración del cor9nel don José María San Martín y por Decreto Legislativo de 8 de febrero de 1855 se creó el departa­mento de Santa Ana, señalándosele como cabecera la ciudad del mismo nombre. En materia de calamidades públicas, los anales santanecos de los comedios del siglo pasado recuerdan la invasión de la langosta en 1852 y la permanencia de estos dañinos ortópteros hasta 1855, y la reapari­ción de la epidemia del cólera morbus en 29 de junio de 1857, "En esta vez --dice el ex gobernador señor Moreno- la mortandad fue compa­rativamente menos (que en 1837), pues sólo fallecieron en la Ciudad 275 individuos, siendo mayor el número en las aldeas". El 9 de febrero de 1858 el Poder Legislativo cedió a la municipa­lidad de Santa Ana las tierras ejidales que antes habían pertenecido al extinguido municipio de Santa Lucía hacalcingo. En un informe municipal de Santa Ana, de 17 de diciembre de 1858, aparece esta población con 13,090 habitantes alojados en 743 casas de teja y 312 pajizas en el recinto de la ciudad y otras muchas en las veintidós aldeas de su jurisdicción. Entre los vecinos de Santa Ana se encontraban en aquella época: 4 médicos, 3 abogados, 2 agrimensores, 3 farmacéuticos, 2 pintores, 36 músicos, 2 eclesiásticos, 1 escribano, 1 escultor, 9 escribientes, etc. Don Teodoro Moreno, en sus "Notas Estadísticas" de 28 de enero de 1859, apunta lo siguiente: "Santa Ana en la antigüedad tenía dos iglesias, la Parroquia y Santa Cruz, sitio que ocupa parte del barrio del mismo nombre, el Calvario y tres ermitas llamadas San Juan, San Sebastián y Santa Bárbara. También se comenzó a construir otra iglesia dedicada a la Virgen de Betlen, y aun se miran sus cimientos a la espalda de las casas municipales". "Habiendo el Subdelegado Don Salvador Mariano de Cubtiño arreglado la población, separó a los indios en un solo barrio, formando los demás de españoles y ladinos que llevan la denominación de sus respectivas ermitas. Ultimamente los indígenas han erigido un oratorio en el centro de su barrio, dedicado a San Lorenzo, que bendijo solemnemente el Presbítero Canónigo Don Manuel Serrano". "Su vecindario -agrega en seguida- fue siempre compuesto de indios, españoles y ladinos. Con respecto a su idioma, no sucedió aquí lo que era sistema en la mayor parte de las poblaciones del Reino (de Guatemala), principalmente en aquellas que estaban bajo el gobierno espiritual de los frailes: al menos durante la permanencia de Cubtino, se castigaba al indio que hablaba en su lengua  vernácula. En el día no se habla otro idioma que el de Castilla, y sería en vano encontrar un solo indio que hablase el de sus antepasados". "El estado intelectual de Santa Ana es lisonjero: cuenta sobre veinte niños estudiando ciencias mayores en Europa, esta Universidad y la de Guatemala" . "Siendo la representación dramática, uno de los medios más efica­ces para ilustrar al pueblo y morigerar sus costumbres se ha establecido un teatro povisional de aficionados en favor del Hospital de esta Ciudad, el cual no sólo producirá tan inestimables bienes, sino que al par de proporcionar al vecindario un solaz y recreo, cooperará a la _yuda de la humanidad doliente". El 20 de febrero de 1863 ocupó esta población el Presidente de Guatemala general Rafael Carrera, con un ejército de 6,000 comba­tientes, desde donde se dirigió para atacar las fortificaciones salvadoreñas de Coatepeque y cerro de San Pedro Malakoff. En las memorables acciones del 23 y señaladamente del 24 de febrero de ese año el invasor mordió el polvo de la derrota, merced a la estrategia puesta en juego por el Presidente de El Salvador capitán general Gerardo Barrios. El 13 de junio del propio año de 1863 el capitán general Gerardo Barrios estableció en Santa Ana el cuartel general del ejército salvado­reño, destinado esta vez a repeler la segunda invasión del general Rafael Carrera y sus tropas. El 30 de junio siguiente Santa Ana fue escenario de la más negra traición de nuestra historia: el general Santiago González, segundo jefe del ejército salvadoreño, por unas cuantas monedas como el Judas bíblico, desconoció la autoridad constitucional del Héroe de Coatepe­que y se entregó con 4,000 soldados al enemigo.


Últimos sucesos

Como segunda ciudad de la República Santa Ana ha sido en los últimos tiempos emporium de notables hechos históricos, y aquí sólo vamos a indicar, a título de guía, los más importantes. El 2 de diciembre de 1870 se sublevaron una vez más los temibles "volcaneños" y atacaron esta ciudad, habiendo incendiado el edificio del cabildo y dado libertad a los reos por delitos comunes. Por disposición del gobierno que presidía el mariscal de campo don Santiago González se estableció en Santa Ana la Universidad de Occidente, en el año de 1874. Por Acuerdo Ejecutivo de 8 de junio de 1886 el Presidente de la República general Francisco Menéndez dispuso que se construyera un parqúe en la antigua plaza pública de Santa Ana. En 1890 "El número de sus habitantes es de 30,428", según el geógrafo don Guillermo Dawson. "La ciudad -dice este autor- está dividida en siete barrios, llamados Guadalupe, San Sebastián, Santa Lucía, Santa Cruz, Santa Bárbara, San Juan y San Lorenzo. Sus calles rectas y empedradas, las casas de muchos particulares son cómodas y de elegante construcción, y sus principales edificios son: el Palacio Municipal, el Hospital, el Panteón, el Cuartel Militar, y las iglesias parroquial y de los barrios. Entre estas últimas se distingue la del Calvario. Hay un mercado en construcción. La ciudad está bien provista de agua; tiene paseos encantadores y deliciosos baños". En mayo de 1894 Santa Ana fue el teatro donde se desarrolló la épica gesta de "los 44", hazaña en nuestra historia que le ha valido a esta población el epíteto de "la Ciudad Heroica", pues cuarenticuatro salvadoreños amantes de la libertad con un arrojo y una temeridad espartanos, se tomaron el cuartel de esta urbe y desde allí iniciaron la formidable revuelta que dio en tierra con el despotismo bicéfalo de los hermanos generales Carlos y Antonio Ezeta. A principios del siglo XX, con la llegada al Supremo Poder Ejecutivo del santaneco general Tomás Regalado, se asentaron aún más los progresos de la Ciudad Heroica. Un hermoso Teatro Nacional, el mejor del país; mejoras arquitectó­nicas notables en el Palacio del Ayuntamiento; y la más soberbia de las Catedrales salvadoreñas emergieron del seno de la multicentenaria ciudad.


Diócesis Catedral

En el año de 1905, siendo cura párroco de Santa Ana el presbítero Manuel López Mejía, se puso la primera piedra de lo que sería la nueva Iglesia Parroquial . Afirmados los feligreses santanecos en llevar adelante la construc­ción del nuevo templo procedieron, en 1909, a demoler la antigua Iglesia Parroquial. Durante la administración del ilustre mandatario-mártir doctor Manuel Enrique Araujo y siendo dignísimo cuarto obispo de la diócesis san salvadoreña monseñor Antonio Adolfo Pérez y Aguilar se hicieron gestiones ante la Santa Sede, a efecto de que se rigieran la arquidiócesis de San Salvador y las diócesis sufragáneas de Santa Ana y San Miguel, por exigirlo así las necesidades espirituales de la catolicidad cuzcatleca. El 11 de febrero de 1913, el Sumo Pontífice Pío X, en Letras Apostólicas que comienzan "Americae Centraly", hizo las erecciones arriba mencionadas; de tal suerte, que la iglesia parroquial de Santa Ana, en plena construcción, fue elevada a la categoría de Catedral.  El Vaticano nombró primer obispo de la diócesis de Santa Ana al presbítero doctor don Santiago Ricardo Vilanova y Meléndez. En 1922 el obispo Vilanova habilitó para el culto la primera parte de la regia Catedral. En 1936, con ocasión de las bodas de oro sacerdotales del amado prelado, tuvo efecto la solemne inauguración de la parte interior completa para los diferentes servicios y ceremonias sacras. Los planos y dirección técnica de la majestuosa Catedral de Santa Ana fueron realizados por el Ing. Aurelio Fuertes, y las dimensiones de la macroestructura son: 90 m. de longitud, 15 m. de anchura y altura, a la cruz del centro, 30 m., y hasta las agujas, 40 m. Santa Ana recuerda con cariño y aún llora la prematura muerte del presbítero Rafael Paz Fuentes, uno de los sacerdotes ejemplares que oficiaron en el altar mayor de la Catedral Heroica.


Capital de Centroamérica

En septiembre de 1946, invitados por el perínclito internacionalista doctor José Gustavo Guerrero, se reunieron en el Ayuntamiento de Santa Ana los Presidentes de El Salvador y Guatemala,. señores general Salva­dor Castaneda Castro y doctor Juan José Arévalo, respectivamente. En esa memorable ocasión -otro vano intento del unionismo y otro fracaso de la nacionalidad-, el doctor Juan José Arévalo, hombre visionario y de superior cultura, proclamó a la ciudad de Santa Ana, como "la futura capital de "Centro América".


Hombres ilustres

General Tomás Regalado, uno de "los 44", y expresidente de la República (1898-1903), muerto como un héroe en la batalla del Jícaro (julio de 1906). Pedro José Escalón, expresidente de la República (1903-1907). Carlos Bauer Avilés, escritor de vigoroso estilo y uno de los más fecundos polemistas salvadoreños de los comedios de la primera mitad del siglo XX. Juan Ramón Uriarte, pensador y maestro. Dejó honda huella en las generaciones salvadoreñas. David Granadino, inspirado compositor, digno émulo de Felipe Soto, el gran valsista. y una pléyade más de valores positivos en los dominios de las ciencias, de las letras y de las artes.

Oficina San Jacinto

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