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Historias de Vida (28)

Adriana Reyes

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Adriana Reyes, que nos saluda desde su silla de ruedas y con una sonrisa nerviosa accede a contarnos cómo inició su paso por el PATI. Con veintiún años, no conoce a detalle cómo la Parálisis se apoderó de su cuerpo en sus primeros meses de vida, lo que sí sabe con certeza es que convertirse en profesora en el proyecto de Alfabetización hizo realidad su sueño de niña... Ser maestra.

Adriana es una de las cuatrocientas sesenta y ocho beneficiarios/as del PATI en Colón. Vive solo con su madre y asevera que su vida no ha sido fácil, para culminar sus estudios de noveno grado se transportó a diario a bordo de su silla de ruedas sorteando los obstáculos del camino. Pero su sacrificio rindió frutos… logró ser seleccionada como beneficiaria del Programa en el asentamiento El Pital y maestra dentro del mismo, aunque sea por un tiempo. 

“La experiencia ha sido muy bonita, me he divertido y he aprendido más”, asegura mientras ve a su alrededor sonrojada, respira y prosigue, exteriorizando que el PATI le ha ayudado personalmente y además, le ha permitido transmitir sus conocimientos  y “dar  a la gente la oportunidad de aprender”, como un ejemplo claro que el Programa integra todos sus elementos para converger en el éxito de su ejecución. 

En su mesa se acumulan un par de cuadernos y libros, éstas han sido sus herramientas en la labor de enseñanza. Adriana asegura que los representantes del PATI en el territorio le han brindado un apoyo total, la han tomado en cuenta para transmitir sus conocimientos y que “el Programa le proporciona todos los materiales para impartir clases”.

Durante los pasados seis meses, ella se convirtió en el sostén económico de su familia y ahorró un poco de dinero para emprender un pequeño negocio… Una tienda en su casa. “Quiero ser empresaria” afirma, como un proyecto a corto plazo y que le permita aprovechar el beneficio que ha recibido con el PATI que se ejecutó en su municipio: Colón. 

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María Arteaga de Miranda

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Cargada de emociones, sonrisas, historias de una calle en ruinas y progenitora de una generación de 17 hijos e hijas, 25 nietos, 24 bisnietos y 4 tataranietos, así podemos encontrar a Doña María Arteaga de Miranda, una residente de la Colonia Santa Lucía de Cojutepeque, que es beneficiaria de uno de los proyectos implementados por el FISDL. 

“Si vieran que contenta estoy, ya puedo caminar por esta calle. Antes no lo hacía  porque en el invierno se llenaba de agua y se hacían pozos, y como verá… con los años que tengo difícilmente podía correr en ésta”, comenta Doña María con un derroche de felicidad en su rostro.

Esta fémina junto a 800 personas más, fueron beneficiadas con el recarpeteo de la calle principal de la Colonia Santa Lucía, gracias a la gestión que hizo la comunidad a  la alcaldesa Guadalupe Serreño, quien gestionó fondos a través del FISDL; institución que ejecutó el proyecto por medio de los fondos obtenidos del  préstamo del Banco Mundial para el PFGL.

María, hilvana sus ideas: “Al igual que la calle, uno con el pasar de los años también sufre muchos cambios, ya no podía andar por ésta, mis pies no aguantaban los hoyos y el lodo que dejaba la  lluvia. Ahora, si puedo caminar en esta vía que les ha quedado muy bonita. Agradezco a todas las personas que fueron partícipe para su elaboración”. 

La nueva calle por donde transitará Doña María, su generación y las familias vecinas, fue implementada con el  objetivo de mejorar los procesos y sistemas administrativos, financieros y técnicos de los Gobiernos Locales, así como su capacidad para prestar servicios básicos priorizados por las comunidades y el desarrollo de procesos sostenibles, en el mediano y largo plazo. Que es la razón de la implementación del PFGL.

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Virginia Elsy Ramos

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Virginia Elsy Ramos, habitante del municipio de Ciudad Delgado, está en camino de ver materializado su sueño con el proyecto “Soyamix” que ha emprendido junto a sus socias. “vamos a trabajar con el frijol de soya, de una libra extraemos cinco litros de leche y lo demás lo utilizaremos para hacer diferentes preparados” asegura.

Mientras que afirma que “Esperábamos esta oportunidad, fuimos promovidas por el PATI y nos hemos mantenido organizadas y con muchos deseos de trabajar, solo nos hacían falta los insumos. Es una gran oportunidad que nos están dando porque podemos ayudar a nuestras familias y a la población, porque ya con una pequeña empresa podemos ser generadoras de empleo”. 

El proyecto mencionado es del Componente de Inserción Productiva del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso (PATI), que entrega insumos y herramientas que servirán para echar a andar iniciativas productivas de participantes del Programa. 

La diversidad de los emprendimientos son muestra del ingenio salvadoreño: confecciones, medicina natural, panadería, bazar, salón de belleza, granja de aves o cerdos, típicos, manualidades, huertos saludables, carpintería, taller de estructuras metálicas, encurtidos, tilapias, tortas, entre otros.

Las y los participantes toman parte en un proceso de asesoría y seguimiento por parte del FISDL y la Municipalidad, que incluye formación de carácter empresarial y vocacional. La entrega de insumos y herramientas es considerada un Bono Productivo, que está condicionado a la presentación y validación de un Plan de Negocios y de Inversión de cada iniciativa.

El PATI con el componente productivo es parte de un esfuerzo del Gobierno de El Salvador por ir más allá de un apoyo temporal, instalando y fortaleciendo capacidades productivas en las y los participantes para que puedan tener un ingreso permanente.

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Norma Cuenca

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Después de algunas carcajadas y uno que otro susto ocasionado por la araña, pregunté a uno de los infantes: ¿quién es su profesora? De inmediato, aquella minúscula vocecilla me respondió: ¡Se llama señorita Norma Cuenca, mi profe…! 

La señorita Cuenca, con más de tres décadas de edad, es de tez trigueña, ojos café y de estatura media (1.50 mts), que de entrada, dan ganas de recibir clases con ella, es amable y tiene una cualidad para dirigir, e induce a las personas a que se sientan cómodas en su sala de clases, es más, hasta hizo que me sentara en uno de aquellos diminuto pupitres- sillas de apenas 25 centímetros.

“Yo nací aquí en El Tigre, estudie en esta escuela, mi maestra era la niña Lety (Leticia), no recuerdo su apellido, pero trabaja en Ahuachapán, aún tengo grabadas sus palabras: supérense para sacar adelante el cantón, de ustedes depende”, comenta la señorita Cuenca.

A lo que secunda, “Para mi orgullo, en el aula donde doy clases, es la misma donde me forme en mi infancia, le tengo mucho aprecio a este Centro Escolar, a toda la gente, en especial a las niñas y niños, son mi vida… Recuerdo que antes sólo era cajón partido en tres, allí recibíamos las clases, era hasta sexto grado, después nos tocaba ir hasta Ahuachapán para poder continuar. En mis años mozos, me tocaba saltarme el cerco, mi casa estaba a la par de la escuela”. 

Continúa, “Hoy la cosa ha cambiado, así debería de trabajar las instituciones, unidas y con apoyo de la cooperación internacional, de esa forma se desarrollan los pueblos y los resultados se ven de inmediato, antes teníamos una 60 u 80 estudiantes, hoy tenemos 159, y esto nos ha permitido ampliar la atención educativa hasta Tercer Ciclo”.

La señorita Cuenca, tiene 15 años de laborar en el Centro Escolar cantón El Tigre, ha visto todas las iniciativas fallidas por mejorar las instalaciones de su escuela y las juntas de padres decepcionadas, al no ser escuchadas, ante el derecho a la educación que tienes sus vástagos.  Ahora, la perseverancia de El Tigre ha dado frutos. El proyecto financiado por Japón, les dotó de mejores y ampliadas instalaciones. 

Más info: La señorita Cuenca y la perseverancia de El Tigre

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María Ana Andrade

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“Ingresé en 1994, era la única plaza que existía, cuando llegué, sólo había un pabellón con cinco salones y los baños eran de fosa;  lo preocupante, era en el tiempo de invierno,  los techos estaban dañados y el agua entraba por todos lados. A esto,  se sumaba la cantidad de barro que entrabamos a las aulas”. Comenta María Ana Andrade, directora del Centro Escolar.

Esta unionense de ojos zarcos (verdes con amarillo), relata: “Tenía que caminar mucho, viajaba todos los domingos a la comunidad y nos acomodábamos en diferentes viviendas - todavía es así- para no viajar todos los días”. 

Entre sollozos, a la directora se le escapa una risa pícara, como queriendo despejar de su garganta una historia que para los oídos de aquellos  ajenos a la comunidad- visitantes-  puede ser un delito o un impulso de amor producto del encanto del valle de los morros.

Con un poco de timidez y sigilo, logró despejar su garganta para decir: “Aquí encontré mi primer amor, en la casa donde me dieron abrigo al venir por primera vez.  El Tránsito me atrapó, tengo catorce años de casada y dos hijos. Este es mi hogar, por eso amo a la gente de este cantón y me preocupo cuando faltan cosas para mejorar la educación”.

A lo que secunda: “Por el momento, tenemos hasta noveno grado, ya son 10 promociones las que hemos graduado. Pero de esta población estudiantil, sólo una persona sale a estudiar bachillerato, el resto se quedan para sembrar sandía o hacer la milpa. En el caso de las niñas, se queda para ser mamás o se van como domésticas a las zonas urbanas”.

De pronto  los  ojos de la directora se convierten en mares; no es para menos, la mayoría de las jóvenes que cursan su noveno grado rondan los 15 o 16 años, sin esperanza de mejorar los niveles de vida y su única formación académica queda en el olvido al convertirse en amas de casa. Por no tener otra cosa que hacer.

“Entre mayor educación tengamos,  mejores oportunidades tendrán las personas de este cantón para salir de la pobreza, en espacial para las niñas.  Por eso hago un llamado a todas las autoridades, para que puedan apoyarnos con la construcción del bachillerato, carecemos de este derecho a la educación, porque tenemos espacio para hacerlo y el personal para atenderlo”. Puntualiza, esta fémina de 37 años y profesora en Ciencia Sociales, graduada de la Universidad de El Salvador.

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Cindy Tejada

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Antes de iniciar el relato de Cindy Tejada, una joven visionaria del cantón El Tránsito del municipio de San Pablo Tacachico, le pedí el consentimiento para exponer su experiencia. Donde ella, por ser menor de edad, me autorizó de forma oral publicar su historia. Narrativa que muestra cómo la pobreza  podría superarse, si aprendemos a escuchar a las personas más necesitadas. 

“Yo soy mala para las matemáticas, pero tengo algo bien claro, cuando sea grande quiero ser Doctora, para ayudarle a las personas de mi cantón. Porque el conocimiento que uno tiene, debe ser aprovecharlo al máximo para servir a los demás”.  Cuenta, Cindy, estudiante del noveno grado, con metro y medio de estatura y dueña de una cabellera lacia color madera.

Esta lozana tacachiquense que ronda los 16 años, es más despierta que  una joven de la urbe –más viva, como es el decir popular-, a su corta edad, ya tiene lauros a nivel académico, sólo diplomas al mérito posee; no es para menos, siempre ha obtenido  el primer lugar en su escuela. Conquistas que ha colocado en  la pared de honor de su hogar, elaborada por varias barras de bambú, unas láminas corroídas y maniatadas con alambre.

Sin embargo, la abundancia de sus logros compite con el exceso de necesidades. Ella y su familia, sobreviven de lo poco que su madre lleva al hogar, que está compuesto por ocho personas (tres hermanas más y tres hermanos). El padre, un agricultor que se encuentra ausente de las necesidades básicas de la casa.

A esta precariedad, se le suma las obligaciones de lavar y preparar los alimentos de su estirpe, quienes desde que están en Parvularia ocupan los primeros lugares. En especial a las pequeñas, que son adiestradas en la torteada- echar tortillas-.

Faenas como éstas,  no son las ideales para el desarrollo de la niñez, porque ellas y ellos tienen  el Derecho a la Educación, Salud y al juego; lamentablemente, en El Tránsito son  desplazados por la misma necesidad. 

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Dina Elizabeth Pérez

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Para Dina Elizabeth Pérez, oriunda del caserío La Pinera del Municipio de Apopa, el Programa de Apoyo Temporal al Ingreso- PATI- se ha convertido en una amalgama de superación en su vida familiar y laboral. 

No es para menos, esta fémina de tez morena y que supera las tres décadas, recibió su segundo apoyo económico por parte del Programa, consistente en cien dólares mensuales durante seis meses. El apoyo es condicionado a su participación seis horas, cinco días a la semana, en proyectos comunitarios que han sido determinados con la Municipalidad.

“Me han dado la oportunidad de estar en el proyecto de albañilería, me gusta y he aprendido a preparar la mezcla para pegar los ladrillos. ahora, ya puedo levantar un muro y hacer mi casa”, comenta Dina

Y unido a este relato, se pinta un gesto de ironía en su rostro, expresando: ¡Este no es trabajo sólo de hombres, también las mujeres podemos… somos más ordenadas y mezclamos bien el cemento con la arena!

Antes, Dina se dedicaba a la venta de trapeadores, comercio informal que no es muy bien remunerado en la localidad y a duras penas obtenía para un tiempo de comida. Ahora, junto a uno de sus hijos- Raúl Alfredo y 38 personas más, participan en el proyecto Albañiles de mi Ciudad.

“La vida esta difícil en este municipio, más para las madres solteras como yo. Por eso estoy muy agradecida con la municipalidad y el FISDL, por darme la oportunidad de enseñarme a manejar la cuchara para pegar los ladrillos. Ahora, le solicito al Gobierno, que nos ayude después de terminar los seis meses”, puntualizó Dina.

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María Imelda Aldana Lemus

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Tuve que pedirle el consentimiento jurado a María Imelda Aldana Lemus, para contar su historia, ella vive a unos 150 metros del Centro Escolar y frente a la cancha de fútbol. Es la tercera descendiente de Ana, madre de seis, quien tuvo que sustentar su relato debido que esta joven es de poca habla.

“Quiero ser profesora de Ciencias, para enseñarles a cuidar nuestro medio ambiente, en especial a los grandes, entiende con una vez que se les explique. Con niños no, cuesta mucho,  no hacen caso y  no tengo paciencia”. Comenta María, quien cumplirá sus 16 años en noviembre.

Opinión que refuerza Ana, su progenitora: “Ella es buena para la estudiada, pero me siento mal por las ilusiones que tiene, nosotros somos pobres y no tenemos para el gasto. Imagínese, no tenemos familia en Tacachico para la quedada- pupilaje-, peor para darle dos dólares diarios de pasaje y a esto, hay que sumarle la comida”

Y prosigue esta cuarentona: “No puedo leer, mis padres no me pusieron y no puedo dejar a mis hijos así. Sin embargo, la pobreza es grande, prestamos para sacar las tres semillitas de maíz y unas de frijol. Con lo poquito que cosechamos… sobrevivimos el año”

La familia Aldana Lemus, presta alrededor de mil dólares, con estos: arrendan la tierra, compran las semillas, fertilizantes y plaguicidas. Cuando cosechan, venden el 70% de la productividad para pagar el interés y la parte del préstamo. Es decir, quedan adeudados para la próxima temporada.

No obstante, la escasez de fondos no es impedimento para que baje la autoestima de María. De pronto, rompe el silencio, tras un vistazo a la cancha de fútbol, comenta: “Soy delantera, hace poco le metimos cuatro goles a un equipo y nos sentimos orgullosas”.

Continúa: “A veces no me prestan los tacos para jugar y tengo que ir en tenis, nos ponemos de acuerdo con el equipo de niñas para ir todas igual.  El problema, es que sólo tengo un par de tenis y si los rompo… no tengo para comprar”

Encuentro futbolístico que dura solo una hora - de tres a cuatro de la tarde - dos veces a la semana y que suspende por las obligaciones que tiene en su hogar. Ella, al igual que Cindy, tiene que lavar la ropa, tortear, hacer el aseo y la comida para toda la familia.

Como María es hábil para cocinar e interpreta su realidad tal como está,  dos de sus grandes aspiraciones al terminar el noveno grado son: “Como no puedo seguir estudiando, quiero trabajar en una casa para cuidar niños, para ayudarle a mi mamá con los gastos de la casa o viajar a Tacachico para poder trabajar en un comedor. Ya preparo  carne asada, pollo, arroz frito, carne de tunco y puedo echar bien las tortillas”.

Continúa: “No puedo llegar a más en mi escuela,  a menos que el Presidente nos ayude con el bachillerato, que se haga la voluntad de Dios y de paso que nos compre  unas computadoras, sólo dos tenemos y se apagan rapidito, no sirve y están muy viejas”.

María y Cindy, son las jóvenes más destacadas del Centro Escolar El Tránsito del municipio de San Pablo Tacachico. Así como ellas, existen más historias que se encuentran al hurgar en  el valle de morros, llenas de necesidades y deseos de superación.  A lo mejor, el futuro de  las  121 familias de este recóndito lugar de El Salvador, puedan superar la pobreza por medio de la educación.

Con la ampliación de esta escuela, ya dimos un paso enorme a nivel interinstitucional por el desarrollo del linaje Quiché. Sin embargo, hay retos que cumplir dentro de este proceso de enseñanza aprendizaje.

Desafíos  para el Alcalde Arístides Alvarado  en gestionar un bachillerato y para el Gobierno en buscar alternativas entre todas sus instancias para que puedan  suplir este tipo de necesidades en este recóndito lugar donde las esmeraldas brotan de los árboles y desde el seno de la comunidad.

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Rafael Antonio Córdova Flores - Participante PATI - Santa Ana

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Rafael Antonio Córdova Flores - 47 años - Participante PATI -Santa Ana

“Si no hubiera participado en el PATI, en el proyecto de Alfabetización, no me impulso…no me hubiera vencido a mí mismo. “

“El PATI me enseñó a creerme capaz de poder hacer lo que yo quiera hacer, que soy útil para la sociedad, que el hecho de ser mayor no significa que ya no sirva. El PATI no me discriminó por no poder leer, al contrario, me dijo quiere aprender a leer, venga”. 

“Antes del PATI, me dedicaba solo a hacer canastos de bambú. Gracias a Dios y al Proyecto PATI me pude desarrollar más en el trabajo con el bambú, ahora hago artesanías. Aprendí sobre huertos, bisutería y panadería; y además, me dieron la oportunidad de aprender a leer y  escribir”.

En el PATI, el tiempo no alcanza, los 6 meses no son suficiente para  desarrollarse como uno quisiera,  pero dan lo esencial, lo demás depende de uno,  de cada quien”.

“En el proyecto de alfabetización, aprendí a leer y escribir, y sigo en la escuela nocturna por mi parte, hasta estoy recibiendo un curso de computación, y si no hubiera participado en el PATI, no me impulso, porque ahí me dieron la confianza y la seguridad para vencerme a mí mismo, porque yo era de los tipos, que decían… y para qué si yo puedo hacer esto y aquello, para que quiero aprender a leer y escribir. Ahí comprendí que es necesario, que es importante para seguir adelante”. 

“Al aprender a leer y escribir he descubierto un nuevo mundo, me siento dichoso al poder leer un libro. Con una sonrisa dice  que sus hijos están orgullosos de él, que lo han felicitado”.

“A pesar que aprendí otras cosas, sigo trabajando con el bambú, porque  puedo hacerlo en mi casa, estoy pendiente de mi hogar, la convivencia familiar ha mejorado;  y también beneficio a los jóvenes que me ayudan, se entretienen en algo bueno y aprenden un oficio, en lugar de andar en la calle.

Rafael Antonio, es un hombre expresivo de buen vocabulario, cuenta que junto a 18 ex participantes del PATI, están en el proceso de organizar una cooperativa  dedicada a las artesanías en general, en busca de nuevas oportunidades. 

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Mayra Elizabeth Orellana de Rodríguez - Monitora Proyecto Alfabetización - Ciudad Arce

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Mayra Elizabeth Orellana de Rodríguez - 31 años - Monitora Proyecto Alfabetización - Ciudad Arce

“Aquí no hay ningún partido político, nos respetamos la ideología de cada uno, todos somos iguales”.

“La experiencia en alfabetización ha sido espléndida, he conocido muchas personas, he tratado de dar lo mejor de mí y me ha ayudado mucho en lo personal para aprender a expresarme a un gran número de personas, es una experiencia muy bonita que yo me llevo”.  

En los diferentes grupos organizados para la ejecución del Programa existe mayor participación de mujeres, al consultarle a Mayra Elizabeth como se ha manejado esta situación, responde… “hemos venido trabajando durante los 6 meses del PATI, para que no exista ninguna discriminación entre hombres y mujeres, si no que seamos iguales en todo y para todo. La convivencia y las capacitaciones han contribuido a que hombres y mujeres,  reconozcan que tienen derechos y deberes por igual”.

“La semilla que deja el PATI, es la gran experiencia de facilitar procesos, excelentes alumnos que han aprendido un oficio, que han logrado su meta de aprender a leer y escribir. Incluso en el convivio se nota la diferencia del principio al final, es un grupo muy unido. Ha sido tan fructífero, que estoy segura va a mejorar la forma de vida de cada uno de ellos, y por lo mismo, de la comunidad. Ahora ellos llevan una intención de ser, de vivir mejor”.

“Aquí no hay ningún partido político, nos respetamos la ideología de cada uno, todos somos iguales. Es una nueva aventura, un nuevo entusiasmo para seguir adelante, que no se dejen engañar, es bueno participar y que se den cuenta que nos ayuda para vivir mejor”

“La gente al principio no entiende que su participación es un derecho y no un dádiva, pero al terminar el proceso con las capacitaciones compartidas,  la gente sabe que es un derecho y un deber de ser personas que se integren a la sociedad, que su participación les abre nuevas oportunidades para abrir puertas, nuevos caminos para superar su situación actual.”

“Quiero aprovechar para agradecer a todas las instituciones que nos han apoyado para poder progresar como ciudadanos, para que el país vaya creciendo. Porque gracias al bono que se entrega, la gente ha podido dedicar toda la mañana al estudio, de lo contrario tendrían que haber ido a trabajar y no poder aprovechar los beneficios ofrecidos por el PATI, de aprender a leer y escribir.” 

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