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"Vale la pena esforzarse para lograr lo que nosotros un tiempo pensamos que era imposible"

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José Aldana Martínez, padre de seis hijos, durante más de una década participó en la directiva de las comunidades El Nance y Zacatal del cantón San Ramón, municipio de San Pedro Nonualco, para gestionar el servicio de agua potable. Actualmente, José y 113 familias más, disfrutan el resultado de su esfuerzo.

José ha continuado el trabajo directivo y organizativo en su comunidad y ahora es el encargado de la Junta de Vigilancia de la Asociación Regalo de Dios, que es la responsable de administrar el sistema de agua potable. La inspiración y el impulso para persistir en la gestión, lo encontró en su familia, para procurarles un mejor futuro.

 “Fíjese que yo siempre he pensado en mis hijos, porque igual nosotros teníamos que estar yendo a traer el agua lejos. Teníamos que desocupar una hora para ir a darse el bañito y traer el agüita para tomar y el oficio, y luego a la escuela. También yo veía algo más con aquellos señores  que ya  no pueden ir a valerse por sus propios medios, que alguien tenía que sacrificarse para ir a traerles el agua para que ellos se asearan y estuvieran bien en la casa, sin tener que ir hasta la vertiente. Eso yo lo veía que era un factor que nos estaba obstaculizando el mejoramiento personal de cada ser humano”, relata José.

“Va a ser diferente, porque por lo menos el tiempo que se ocupaba para ir a traer agua, para ir a bañarse, ese tiempo ya se ocupa para que nuestros hijos o los nietos míos se ocupen en otras tareas, por ejemplo en estudio, porque por lo menos dos horas de ir a traer un viaje de agua y a bañarse, eso ya implica pérdida para estudio, entonces pienso que es beneficio bueno para el futuro” comenta José, que identifica el cambio positivo en la vida familiar ahora que ya cuentan con agua potable.

El camino recorrido por la junta directiva no ha sido fácil, pero fueron persistentes y ahora han transformado su realidad. “Cuando nosotros empezamos a fundar la junta de agua desde el 2001, anduvimos buscando vertientes por todos lados y nunca encontrábamos. No dejábamos de desanimarnos al ver que íbamos por un lado para ver si nos vendían y nos decían no, o nos costaba un platal inmenso, y la comunidad pobre, decíamos nosotros: es imposible. La cosa se nos ponía cuesta arriba, no dejábamos de dudar, pero luego entre directivos nos animábamos y volvíamos a hacer otro empujoncito”.

“Soy miembro de la comunidad y con el deseo que nosotros teníamos, cuando nos dijeron que ahora sí es un hecho y empezamos a mover la gente y la gente entusiasmada una parte, otra como desmotivada que decía: 'No, si esto ya es un cuento.' Unos creían, otros no; pero los que estábamos animados no dejábamos de seguir animando a la gente,  bueno y se empezó a trabajar y la gente se iba motivando”.

La perseverancia de años para José es motivo de orgullo: “Ha valido mucho la pena que los compañeros se hayan esforzado, una; otra, que nos hayan animado, había gente buena de otros sectores que nos animaba. Tuvimos algunas capacitaciones referente al agua y no era fácil porque fuimos aún sin tener agua, ya nos estábamos preparando para lo que venía en un futuro, gracias a Dios se ha dado”.

José considera haber encontrado la clave para tener éxito en las gestiones y hace recomendaciones a otras comunidades: “Mi consejo mejor que yo les estaría dando a aquellos que se encuentran como nosotros nos encontrábamos el año pasado es de que el esfuerzo vale la pena, aquellos que no se han organizado, que se organicen y verán igual que nosotros que la unión hace la fuerza, vale la pena esforzarse para lograr lo que nosotros un tiempo pensamos que era imposible. Hasta ahora nosotros estamos súper contentos. Agradecimientos al FISDL, porque pienso que nos ha impulsado y nos ha estado animando, capacitando y hasta la fecha no nos han dejado; y quizás yo diría que no nos dejen, porque si yo siento que es gran parte de este cuerpo que se ha venido construyendo porque sin el FISDL quizás no hubiéramos logrado lo que ahorita tenemos. Mis agradecimientos son a Dios y a las instituciones que hacen el esfuerzo de trasladarse a países amigos para trasladarse a solicitar lo que nosotros necesitamos”.

Para la introducción de agua potable y saneamiento básico en caseríos El Nance y Zacatal, el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local de El Salvador (FISDL), con el apoyo del Fondo de Cooperación para Agua y Saneamiento, del Gobierno de España, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Municipalidad, realizaron una inversión de US$ 279,242.79, que incluye la construcción del tanque de captación y estación de bombeo; así como la capacitación a la Junta de Agua para que administre el sistema.

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Me siento feliz… el agüita es nuestra

Juana Francisca Lozano (doña Juanita), del Cantón El Volcán

Santa Elena es un municipio del departamento de Usulután que no sobrepasa los 66 kilómetros cuadrados, por su dinámica geográfica la urbe es tragada por lo rural, y es aquí, en este trozo de El Salvador, específicamente en los cantones El Volcán y Piedra de Agua, donde más de 326 familias se beneficiaron con la introducción de agua potable, gracias al apoyo del Gobierno Central y al apoyo financiero del Gobierno del Gran Ducado de Luxemburgo.

“Antes,  el agua nos caía tres veces por semana y teníamos que almacenarla para hacer los oficios. Ahora, todos los días la tenemos… nos alcanza para aplacar el polvo y lavar bien los alimentos para tener mejor salud”, comenta Juana Francisca Lozano, una oriunda del Cantón El Volcán, beneficiaria de este proyecto que se ejecutó con una inversión de 726 mil dólares.

Juana o “Juanita” como le dicen en su cantón natal, es muy conocida por su liderazgo en la zona. Ella, con su sabiduría se organizó junto a las familias de los cantones para hacerle la petición del proyecto de agua potable y saneamiento a la Municipalidad y a las instituciones del Estado.

Ante esta necesidad, las instituciones gubernamentales respondieron con el apoyo financiero de la cooperación internacional,  logrando instalar 326 acometidas domiciliares, 310 letrinas, la perforación de un pozo de 200 ml de profundidad y la construcción de un tanque de almacenamiento con capacidad de 150 metros cúbicos.

“Me siento feliz…el agüita es nuestra; antes nos proporcionaban de Joya Grande y nos tocaba tener muchos recipientes para guardarla. Ahora podemos encender el chorro a la hora que queramos y sale en cantidades”, relata esta octogenaria, quien es dueña de una descendencia de  9 hijas(os), 30 nietas(os) y 12 bisnietas(os).

Juanita ha visto el desarrollo palmo a palmo de los cantones El Volcán y Piedra de Agua, según ella: “Hace más de 40 años, íbamos al pueblo – Santa Elena- con barriles a traer agua en carretas y para economizarla, no juntábamos varias mujeres para ir a lavar al río de Santa María. Ahora ya no lo hacemos, la tenemos en la casa”.

Este proyecto  es una solución a las necesidades insatisfechas de las comunidades y fue ejecutado a través del Programa Comunidades Solidarias Rurales del Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL-. Además,  estas obras mantienen una metodología de cohesión social, que es reflejada con la creación de  Juntas de Agua Comunales, quienes son  las  responsable de  asegurar y administra bien la distribución del vital líquido. A la fecha, esta Junta ha fijado una cuota de distribución de 6 dólares, utilizados para pagos de mantenimiento de los sistemas, apoyo técnico y administrativo.

 

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Las pinceladas de Mowgly embellecen a Guadalupe

Mowgly

Al pie del Chinchontepec, un volcán que se encuentra erguido en las tierras pertenecientes al departamento de San Vicente. Allí, en las faldas de este gigante de más de dos mil metros de altura está incrustado Guadalupe, un municipio que ha sido golpeado por los fenómenos naturales ocasionándoles serios desastres, y hoy, desde las sienes de la pobreza, sacan a luz pública un gran tesoro… su gente.

Y parte de este capital humano que sobrepasan los ocho mil, se encuentra José Mauricio Escobar, un joven humilde de complexión delgada, con más de metro y medio de estatura y dueño de una cabellera larga que sujeta una cola de macho.

Este muchacho, es conocido en Guadalupe como Mowgly, sobrenombre impuesto por sus amigos de infancia, quienes no podían pronunciar bien su nombre. Por tal razón, este bautizo artístico de niñez le ha caído como anillo al dedo por las multifacéticas actividades que realiza en el Municipio.

Las acciones que realiza Mowgly para llevar el sustento a su hogar, van desde reparador de bicicletas, técnico en electrónica y computación, animador de fiestas (disc-jockey) y muralista. Esta última función, la realiza a través del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso (PATI), que contempla una inversión de US$ 14 millones otorgados por el pueblo de los Estados Unidos de América, a través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

El Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local – FISDL - es el responsable de la administración del Programa y con estos fondos donados, atiende las demandas de ingreso de las personas pobres. Esta donación, es un apoyo ante la crisis financiera mundial y el IDA particularmente afectó 11 municipios y dentro de estos se encuentra Guadalupe.

A la larga, este apoyo del pueblo de los Estados Unidos, beneficiará a más de 16 mil personas, entre ellas y ellos, jóvenes entre 16 y 24 años, y mujeres jefas de hogar; que no estén empleadas ni estudiando en el sistema educativo. Mauricio, es una de estas personas.

El PATI, le garantiza a este Mowgly la cantidad de US$100 mensuales durante seis meses, que luego de un proceso de inscripción y selección de acuerdo a criterios de pobreza y vulnerabilidad, fue incorporado al mismo; apoyo que es condicionado a su participación en la ejecución de proyectos comunitarios y en cursos de capacitación.

Murales con sentimiento

Este Programa, contempla en Guadalupe la ejecución de seis proyectos, entre ellos: La reparación de caminos vecinales, rotulación de nomenclatura, restitución de pintura y pintado de murales artesanales en paredes exteriores y la construcción de cordones, cunetas y badenes en área urbana.

Mauricio, con 25 años de edad, pertenece al proyecto de restitución de pintura, y en este, participa junto a 47 jóvenes más, que forman la cuadrilla de muralistas que embellecen el casco urbano con detalles religiosos, tradiciones populares, figuras de animales, medioambientales y otros que estampan la realidad social del municipio.

Las manos prodigiosas de Mowgly a diario cargan una cubeta plástica, que en su interior resguarda diez botellas de diferentes colores que al ser mezclados y barridos en las paredes por las diminutas brochas -pinceles- hacen rememorar lo que fue el municipio de Guadalupe antes de los desastres. Pero también, estas pinceladas tienen cierta perspicacia y contenido de denuncia. Quien sostiene un primer encuentro con sus obras, dibuja en las neuronas emociones y sentimientos.

Las escobillas de Mowgly han tocado las paredes de la clínica y las casas de sus vecinos, en estas ha trazado portales, iglesias, ilustraciones de conservación del medio ambiente y el último que estaba estampando, lo hacía en un expendido de agua ardiente- una cantina- . Esta obra, muestra cómo Jesucristo toma del vientre y hombro a un hombre que ha sido desahuciado y que lo ha perdido todo, producto del alcohol.

“Ya tenía conocimientos en dibujo. Pero, gracias a los talleres impartidos por el Programa, lo aprendí en dos semanas, ya tengo un trabajo para llevar unos centavitos a la casa y aporto en la comprar de los frijolitos; no puedo salir lejos del pueblo por la avanzada edad que tiene mi mamá. Quién más se quedaría con ella al faltar yo”, comenta Mauricio.

Continua: “La pintura me saca de este mundo, olvido las penas y todos los problemas. Por eso, lo que hago, lo pinto con sentimiento, para estar en las mentes de las personas, por eso… impongo mi estilo. Aquí aprendí bien la técnica de mezclar y degradar los colores, para embellecer Guadalupe y darle un toque especial”.

Memorias de la mamá Chus

Las habilidades de Mauricio no son tan nuevas, según Teresa de Jesús Amaya, una fémina que sobrepasa las ocho décadas, de tez canela y agrietada por el tiempo, pero suave como la piel de un durazno. Evoca: “Mi hijo es el peón de casa, desde pequeño era juguetón y travieso, hacia muchos dibujos. Siempre me decía, ¡deme un mapis mamá!, cuando quería un lápiz”.

A lo que secunda: “Era bien listo, en primer grado – seis años – pintaba los morros y les ponía unas bolitas de lana, al terminarlos quedaba unos payasos bien bonitos, su maestra bien contenta. Y no sólo eso hacía, también con las cajas de café listo elaboraba piñatas”.

“Desde niño todo desarmaba y armaba, recuerdo que un día le regalaron una bicicleta toda podrida y la levantó, luego aprendió el oficio de repararlas, así fue como ganó sus primeros centavitos”, dice doña Teresa.

Aunque del baúl de los recuerdos salían historias por doquier, doña Teresa calló por unos instantes, para agarrar impulso y fuerzas, sus ojos empezaron a lloviznar para decir: “A Mauricio, yo lo crié desde los dos años, su mamá se fue a tomar otro hogar, desde pequeño lo tengo, lo amo y lo quiero como si lo hubiera procreado. Ambos nos cuidamos”.

Mowgly, le toma la mano, la abraza y con dos lagunas en los ojos, responde: “Ella es mi madre, me ha criado. Si no fuera por mi mamá Chus, no sé donde estuviera. Ella es la razón de mi existir, por eso me preocupo y no quiero dejarla sola”.

De pronto, la mamá Chus, recuperada de esta estampa de la vida, saca del baúl de los recuerdos otra historia de Mauricio: “Mi hijo desde pequeño era finito, jugaba de sembrar y de armar cosas. En una ocasión, un muchacho le hizo una carreta con dos palitos, unas ruedas y unos mecates. Vino él -Mauricio-, le puso dos trozos de bambú y dos sillas… la hizo caminar”

“Pero no crea que todo es bonito, cuando se me desnivela –mal portado- lo corrijo, pero con palabras, le digo que me siento triste por lo que hace y que lo voy a perdonar ahora y mañana. Luego, me consuela y me dice que no lo volverá hacer”.

Doña Teresa, es una hábil cocinera, antes de los terremotos, tenía su comedor, donde la especialidad era el bazo relleno –carne de res con diferentes ingredientes- , receta que resguarda en su mente y la persona que quiera degustar, tiene que solicitar sus servicios.

Sin embargo, ella ya no puede cocinar como antes, su cuerpo ya no presenta la misma agilidad, se hilvana a su edad la ceguera heredada de las vigas que cayeron en el rostro, cuando su casa sucumbió ante los terremotos en el 2001.

Para Mauricio y su madre, lo que les sustenta a diario es la unión familiar y el poco ingreso que reciben del PATI. La única incertidumbre que tienen, es qué pasará cuando las pinceladas de Mowgly finalicen dentro dos meses en Guadalupe, un municipio donde su capital humano se desgarra por embellecer el municipio y que está dispuesto a producir más, en tierras donde rascar la tierra para salir de la pobreza no basta.

 

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En el valle de morros, florece el conocimiento desde hace cinco décadas - Primera parte

Escuela El Tránsito, Tacachico

En un recóndito lugar de origen precolombino, situado en las cercanías de San Juan Opico, donde hace 1400 años los antiguos  moradores adoraban la tierra, veneraban el sol y la luna. Allí, se enaltece el Centro Escolar Cantón El Tránsito, un foco del saber que resurge de las cenizas después de estar en el olvido y que en su interior, preserva una memoria de incidencia política, amor y pasión por la educación.

El Cantón El Tránsito, se encuentra erguido en el municipio de Tacachico ubicado en el departamento de La Libertad, a dos horas de distancia de la capital- San Salvador. Es decir, un aproximado de 75 a 80 kilómetros.

Para llegar a este Cantón olvidado de la urbe y el traqueteo de los motores, similar al Macondo que narra el colombiano García Márquez en su obra  Cien años de Soledad, se tiene que pasar caminos quebrados y ásperos.

La boca de la serpiente de polvo inicia en la Colonia El Rosario de Tacachico, rumbo a Valle Mesa y son más de 30 minutos que se tienen que recorrer por este coral de barro  que cruza la llanura de los Pokomanes y  los Chortis de la familia Maya Quiché.  No es para menos, este Cantón se encuentra en la sien de los centros arqueológicos del país, Joya de Cerén y Ruinas de San Andrés.

Conforme irrumpimos en esta sierpe de polvo y llegamos a su panza, nos encontramos en un mundo adornado de esféricas y ovaladas pelotas verdes que aparecen de unas raquíticas ramas. Uno se pregunta cómo es que aparecen esos bultos de un árbol que no tiene hojas.

Su pobreza en follajes es visible, como que si un pelotón de  hormigas y zompopos hubieran satisfecho su paladar durante esta época donde el cielo tira sus primeras lágrimas. En El Salvador, estos árboles pelones y sus frutos son conocidos como morros.

Frutos que nuestra familia Maya Quiché utilizó para elaborar utensilios del hogar desde platos, cucharones, huacales para tomar los atoles y satisfacer la sed con la elaboración de la bebida horchata. Esta última,  se fabrica de la semilla de este esférico que nace en las costillas y ramas de los arbustos que pese a ser calvos, están dotado de hermosura. Cargados de esmeraldas nacidas en el reino vegetal.

Bajo la sombra de una dictadura militar derrocada

Tras cruza la barriga de este coral de tierra, llegamos al Cantón El Tránsito, que al igual que las plantaciones de morro, en su casco urbano, cuelgan  más de 121 familias en condiciones de pobreza y que sobreviven de lo poco que le rascan a la tierra.

Los primeros  en recibirnos fueron una empinada polvosa de tres metros de ancho y unos cuantos pick up que son utilizados para el transporte público. No está más decir, que el Centro Escolar es prácticamente la terminal de la zona.

Por fin,  llegamos al portón principal, donde yace en su interior  la prominente escuela que hoy luce remozada y que tiene sus orígenes desde 1956-1962, época del Presidente José María Lemus. Aunque irónico, su gestión se enmarca en un contexto plagado de torturas, injusticia social, caída de los precios del café y la multiplicación de los movimientos de obreros. Que dieron paso al  derrocamiento del militar el 26 de octubre de 1960.

Es más, este centro del saber, es como un eslabón perdido en una sociedad donde el binomio imperfecto era el Estado y la educación. Muestra de esta disparidad, se palpa  tras el derrocamiento de Lemus, período donde fue  liberado el prominente poeta Roque Dalton, que por amor a las letras y a las fuertes críticas reflejas con su pluma, había perdido el  privilegio de su libertad.

Esta escuela que nace bajo la sombra del Presidente Lemus, creció  en el corazón  de un potrero gracias al Instituto de Colonización Rural (ICR), hoy Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA),  y sus  únicas armas eran  cuatro aulas, un pequeño corredor y unos recipientes para resguardar el vital líquido que los estudiantes consumían en el recreo.

Al compás del olvido,  la ofensiva y la clandestinidad

Después de dos décadas del derrocamiento del Presidente Lemus (década de los 80), las bancas que recibieron a los jóvenes lugareños desaparecieron producto de las revueltas civiles que pasaron de la urbe al campo. Conflicto armado que produjo un estancamiento de la educación.

La escuela de El Transito estaba en cuidados intensivos, agonizaba  producto de un cáncer terminal de balas y truenos que obligaban a  jóvenes dejar sus estudios por agarrar un machete o una cuma para alimentar a las familias. Esto, debido a que la mayoría de los adultos migraban por temor a ser confundidos entre uno y otro bando. Era la época de la clandestinidad y el miedo.

“Era mi primer trabajo, me habían nombrado como maestra de una escuela abandonada, parecía un potrero  la pobre. Me tocó organizar a las familias y hacerles conciencia  que tenían que mandar a los niños y a las niñas a clases” comenta Cecibel de Panameño.

A lo que secunda: “Vine en 1986, como era la única maestra, sólo pude dar apertura al  primero y segundo grado, inicié con  120 estudiantes en dos turnos (mañana y tarde), quienes se acomodaban en tablones, mesas y sillas hechas con pita. Todo, lo  traían de sus casas”

Esta fémina oriunda de San Juan Opico, relata  que le tocó vivir en el cantón por más de dos años, no tuvo problemas de amenazan mientras daba clases. Es más, tenía estudiantes que sus padres  formaban parte del ejército o de alguna milicia popular, quienes descuidaron la tierra por irse al campo de batalla, heredando la rascada de la tierra a sus hijos.

“Era un problema gravísimo en este cantón, no sabían leer y escribir; los muchachos de primer grado tenía 16 y 18 años, estaban descuidados por ir a cultivar. Las niñas por el contrario, a temprana edad eran mamás”.  Comenta Cecibel, con dos lagunas reflejadas en sus ojos.

Continua: “Después de 25 años, me siento orgullosa haber rescatado esta escuela, el potrero que recibí, ya no lo veo. Hoy  lucen hermosas las aulas, con ladrillo de piso, energía eléctrica y agua; no me va a creer, pero en época de guerra sólo dos cántaros con agua me daban para la semana y con ésta…también me bañaba”

Cecibel de Panameño de 45 años, hoy es maestra del Centro Escolar Casto  Valladares de San Juan Opico y regresó a El Tránsito - mayo- para celebrar la inauguración de la ampliación de la escuela, que fue financiada por Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo como parte del Programa Comunidades Solidarias,  ejecutado por Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local – FISDL. Ella, estuvo por dos años en este centro educativo y por quebrantos de salud, salió del cantón.

 

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En el valle de morros, florece el conocimiento desde hace cinco décadas - Segunda parte

Cindy

El potrero que un día agarró Cecibel, ya luce diferente; nada más, bastaba darle una abonada interinstitucional  al cantón El Tránsito, donde interactuaron la comunidad, la municipalidad, el Ministerio de Educación y desde luego, el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL- afianzado de la confianza de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo- AECID-.


No está de más decir, que se respondió a las necesidades del linaje de los Mayas Quichés. Quienes fueron humillados por la  voraz  IDA, una tormenta que hace  año y medio, se tragó El Salvador en apenas dos días.


En este valle de morros, las lágrimas del cielo inundaron todo,  extinguiendo toda la producción agrícola, pariendo un sinfín de  enfermedades  y dejando a ras de piso  toda edificación, hasta las  pudientes. Como la Escuela, que  a luz del desarrollo, era la más prominente del lugar y dejaba sin el alimento de las letras a más de doscientas almas.


El termómetro fue  puesto en la Escuela,  la temperatura pasaba de los 41ºC  y había que suministrarle uno de los medicamentos más efectivos para contrarrestar  su convulsión. El brebaje para este mal, posee un compuesto  de sabiduría, buena voluntad, sinergia interinstitucional y el elemento clave, el trabajo participativo de la comunidad, que fue regido por el Alcalde Municipal de San Pablo Tacachico, Don Arístides Alvarado.


Don Arístides, gestionó los fondos ante el FISDL y fueron más de 135 mil dólares proporcionados por la AECID. Monto que sirvió para la reconstrucción de los techos, instalación de cielo falso, pavimentación de pasillos, muros de piedra, canaletas, cancha de baloncesto, entre otras obras  para beneficio de la población estudiantil, que supera las doscientas personas.


Hoy, los pupitres hechos de tablones, los servicios de fosa y las grietas de barro que un día pisaron la generación de los ochenta (hijas e hijos de combatientes) han desaparecido, ya tienen agua, energía eléctrica, servicios sanitarios de lavar y lo principal de todo…más maestras y maestros. Sin embargo, aún quedan memorias y necesidades, como lo expresa su actual directora y dos de sus alumnas.

Una escuela bella, con historias de amor  y carestías

“Ingresé en 1994, era la única plaza que existía, cuando llegué, sólo había un pabellón con cinco salones y los baños eran de fosa;  lo preocupante,  era en el tiempo de invierno,  los techos estaban dañados y el agua entraba por todos lados. A esto,  se sumaba la cantidad de barro que entrabamos a las aulas”. Comenta María Ana Andrade, directora del Centro Escolar.

Esta unionense de ojos zarcos (verdes con amarillo), relata: “Tenía que caminar mucho, viajaba todos los domingos a la comunidad y nos acomodábamos en diferentes viviendas - todavía es así- para no viajar todos los días”.

Entre sollozos, a la directora se le escapa una risa pícara, como queriendo despejar de su garganta una historia que para los oídos de aquellos  ajenos a la comunidad- visitantes-  puede ser un delito o un impulso de amor producto del encanto del valle de los morros.

Con un poco de timidez y sigilo, logró despejar su garganta para decir: “Aquí encontré mi primer amor, en la casa donde me dieron abrigo al venir por primera vez.  El Tránsito me atrapó, tengo catorce años de casada y dos hijos. Este es mi hogar, por eso amo a la gente de este cantón y me preocupo cuando faltan cosas para mejorar la educación”.

A lo que secunda: “Por el momento, tenemos hasta noveno grado, ya son 10 promociones las que hemos graduado. Pero de esta población estudiantil, sólo una persona sale a estudiar bachillerato, el resto se quedan para sembrar sandía o hacer la milpa. En el caso de las niñas, se queda para ser mamás o se van como domésticas a las zonas urbanas”.

De pronto  los  ojos de la directora se convierten en mares; no es para menos, la mayoría de las jóvenes que cursan su noveno grado rondan los 15 o 16 años, sin esperanza de mejorar los niveles de vida y su única formación académica queda en el olvido al convertirse en amas de casa. Por no tener otra cosa que hacer.

“Entre mayor educación tengamos,  mejores oportunidades tendrán las personas de este cantón para salir de la pobreza, en espacial para las niñas.  Por eso hago un llamado a todas las autoridades, para que puedan apoyarnos con la construcción del bachillerato, carecemos de este derecho a la educación, porque tenemos espacio para hacerlo y el personal para atenderlo”. Puntualiza, esta fémina de 37 años y profesora en Ciencia Sociales, graduada de la Universidad de El Salvador.

Yo seré  doctora cuando crezca

Antes de iniciar el relato de Cindy, una joven visionaria del cantón El Tránsito, le pedí el consentimiento jurado para exponer su experiencia. Donde ella, por ser menor de edad, me autorizó de forma oral publicar su historia. Narrativa que muestra cómo la pobreza  podría superarse, si aprendemos a escuchar a las personas más necesitadas.

“Yo soy mala para las matemáticas, pero tengo algo bien claro, cuando sea grande quiero ser Doctora, para ayudarle a las personas de mi cantón. Porque el conocimiento que uno tiene, debe ser aprovecharlo al máximo para servir a los demás”.  Cuenta, Cindy Tejada, estudiante del noveno grado, con metro y medio de estatura y dueña de una cabellera lacia color madera.

Esta lozana tacachiquense que ronda los 16 años, es más despierta que  una joven de la urbe –más viva, como es el decir popular- , a su corta edad, ya tiene lauros a nivel académico, sólo diplomas al mérito posee; no es para menos, siempre ha obtenido  el primer lugar en su escuela. Conquistas que ha colocado en  la pared de honor de su hogar.

Pared que está elaborada por varias barras de bambú, unas láminas corroídas y maniatadas con alambre,  que se esconden debajo de un plástico blanco con pascuas y otro de color celeste con estampas de gajos de uvas y manzanas.

Sin embargo, la abundancia de sus logros compite con el exceso de necesidades. Ella y su familia, sobreviven de lo poco que su madre lleva al hogar, que está compuesto por ocho personas (tres hermanas más y tres hermanos). El padre, un agricultor que  se encuentra ausente de las necesidades básicas de la casa.

La casa de Cindy es similar a la de muchas familias que se encuentran en condición de pobreza en  El Salvador, donde se les cuela la lluvia por todos lados y las paredes están montadas con horcones podridos, barras de castilla recubiertas con plástico y láminas perforadas.

A esta precariedad, se le suma las obligaciones de lavar y preparar los alimentos a su estirpe, quienes desde que están en Parvularia ocupan los primeros lugares. En especial a las pequeñas, que son adiestradas en la torteada- echar tortillas-.

Para esta acción, Cindy, nos explica cómo es la técnica del buen tortear: “Para hacer una buena tortilla, se debe restregar bien el maíz hasta que se vea chelito;  se lleva al molino, con el cuidado de que la masa no resulte chanca – grumosa y áspera- . Si queda así, tenemos que pasarla por la piedra de moler para que quede fina y con esto evitamos que  la tortilla no se reviente en el comal”.

Faenas como éstas,  no son las ideales para el desarrollo de la niñez, porque ellas y ellos tienen   el Derecho a la Educación, Salud y al juego; lamentablemente, en El Tránsito son  desplazados por la misma necesidad. Como el caso de Cindy, que  tuvo que desprenderse de su querida  Serafina por entrarle a la actividad doméstica de hacer tortillas.

La Serafina,  era  el más preciado tesoro de esta infante,  quien a los diez años tuvo que despegársela  de sus brazos  por los compromisos del hogar. El nombre de esta muñeca, obedece  a uno de los personajes que vio en la televisión - la Popis  en el Chavo del 8.

Entre ilusiones de maestra, un par de tacos  y unas peticiones para el Presidente

Al igual que Cindy, tenía  que pedirle el consentimiento jurado a María Imelda Aldana Lemus, para contar su historia, ella vive a unos 150 metros del Centro Escolar y frente a la cancha de fútbol. Es la tercera descendiente de  Ana, madre de seis, quien tuvo que sustentar su relato debido que esta joven es de  poca habla.

“Quiero ser profesora de Ciencias, para enseñarles a cuidar nuestro medio ambiente, en especial a los grandes, entiende con una vez que se les explique. Con niños no, cuesta mucho,  no hacen caso y  no tengo paciencia”. Comenta María, quien cumplirá sus 16 años en noviembre.

Opinión que refuerza Ana, su progenitora: “Ella es buena para la estudiada, pero me siento mal por las ilusiones que tiene, nosotros somos pobres y no tenemos para el gasto. Imagínese, no tenemos familia en Tacachico para la quedada- pupilaje-, peor para darle dos dólares diarios de pasaje y a esto, hay que sumarle la comida”

Y prosigue esta cuarentona: “No puedo leer, mis padres no me pusieron y no puedo dejar a mis hijos así. Sin embargo, la pobreza es grande, prestamos para sacar las tres semillitas de maíz y unas de frijol. Con lo poquito que cosechamos… sobrevivimos el año”

La familia Aldana Lemus, presta alrededor de mil dólares, con estos: arrendan la tierra, compran las semillas, fertilizantes y plaguicidas. Cuando cosechan, venden el 70% de la productividad para pagar el interés y la parte del préstamo. Es decir, quedan adeudados para la próxima temporada.

No obstante, la escasez de fondos no es impedimento para que baje la autoestima de María. De pronto, rompe el silencio, tras un vistazo a la cancha de fútbol, comenta: “Soy delantera, hace poco le metimos cuatro goles a un equipo y nos sentimos orgullosas”.

Continúa: “A veces no me prestan los tacos para jugar y tengo que ir en tenis, nos ponemos de acuerdo con el equipo de niñas para ir todas igual.  El problema, es que sólo tengo un par de tenis y si los rompo… no tengo para comprar”

Encuentro futbolístico que dura solo una hora - de tres a cuatro de la tarde - dos veces a la semana y que suspende por las obligaciones que tiene en su hogar. Ella, al igual que Cindy, tiene que lavar la ropa, tortear, hacer el aseo y la comida para toda la familia.

Como María es hábil para cocinar e interpreta su realidad tal como está,  dos de sus grandes aspiraciones al terminar el noveno grado son: “Como no puedo seguir estudiando, quiero trabajar en una casa para cuidar niños, para ayudarle a mi mamá con los gastos de la casa o viajar a Tacachico para poder trabajar en un comedor. Ya preparo  carne asada, pollo, arroz frito, carne de tunco y puedo echar bien las tortillas”.

Continúa: “No puedo llegar a más en mi escuela,  a menos que el Presidente nos ayude con el bachillerato, que se haga la voluntad de Dios y de paso que nos compre  unas computadoras, sólo dos tenemos y se apagan rapidito, no sirve y están muy viejas”.

María y Cindy, son las jóvenes más destacadas del Centro Escolar El Tránsito del municipio de San Pablo Tacachico. Así como ellas, existen más historias que se encuentran al hurgar en  el valle de morros, llenas de necesidades y deseos de superación.  A lo mejor, el futuro de  las  121 familias de este recóndito lugar de El Salvador, puedan superar la pobreza por medio de la educación.

Con la ampliación de esta escuela, ya dimos un paso enorme a nivel interinstitucional por el desarrollo del linaje Quiché. Sin embargo, hay retos que cumplir dentro de este proceso de enseñanza aprendizaje.

Desafíos  para el Alcalde Arístides Alvarado  en gestionar un bachillerato y para el Gobierno en buscar alternativas entre todas sus instancias para que puedan  suplir este tipo de necesidades en este recóndito lugar donde las esmeraldas brotan de los árboles y desde el seno de la comunidad.

 

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El PATI, remoza la Ciudad Heroica.

Pati Santa Ana

Los escenarios y las principales avenidas que un día fueron las estampas musicales de David Granadino, el maestro de los valses y tangos salvadoreños;  esos mismos retablos que también vibraron al son del carbonero del Maestro Pancho Lara, esas fachadas elaboradas con la tierra santaneca y con el zacate cultivado por nuestros antepasados, hoy lucen enaltecidas  y remozas, gracias al Proyecto “Rescate del Centro Histórico de Santa Ana”, a través del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso- PATI.

La primera estampa de la Ciudad Heroica en ser retocada  fue la fachada de la Alcaldía Municipal de Santa Ana, edificación que data de más de un siglo de existencia y que fue desboronada por los terremotos del 2001. Hoy, la descompensación arquitectónica, fue chapeada por participantes PATI.
Este proyecto, es ejecutado tras una simbiosis entre el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL-, La Dirección Nacional de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, la Municipalidad, propietarios de los inmuebles y los empresarios de la heroica.

Para el maquillaje de este Centro Histórico,  se contempla una inversión de más de 58 mil dólares, con 40 participantes PATI, distribuidos en partes iguales en los proyectos: Mejoramiento de la imagen urbana y  actualización de perfiles urbanos.

El primer equipo de participantes  denominados  Brigada “A”,  responsables de la medición de fachadas, toma de fotografía y llenado de ficha con las características de los  inmuebles. Además, son los responsables de la digitación de la información e las imágenes de una superficie de 150 manzanas que comprende el Centro Histórico.

Las actividades de la Brigada “B” consisten en el remozamiento de fachadas y contemplan el proceso de liberación excesiva de rotulación, resanes de fisuras y aplicación de pintura en paredes. Esta última acción, con apoyo de especialistas de SECULTURA y propietarios de los inmuebles, quienes aprobaron esta iniciativa.

Las personas que participan en el PATI, recibieron un programa de capacitación sobre la sensibilización del valor del Centro Histórico de la Ciudad de Santa Ana y la necesidad de recuperarlo; abordando temas  de patrimonio cultural, bienes tangible e intangible, imágenes de recuperación y protección en otras ciudades, entre otros.

Esta sinergia institucional entre las municipalidad, FISDL, SECULTURA, propietarios y empresarios, contribuye a eliminar los altos niveles de contaminación visual por la excesiva rotulación y  a visibilizar el patrimonio edificado del Centro Histórico.

El maquillaje de las viejas paredes de la Heroica, están siendo respetadas por las personas que participan en el PATI, según una  Ordenanza Municipal,  que tiene como fin regular la rotulación y señalización del Centro Histórico, y a la vez dar una propuesta de señalética, así como del uso del color con base a una cartilla o paleta cromática.

Las personas participantes en el PATI, tienen dentro de sus alcances recuperar las fachadas de la Casa de la Cultura, Teatro Nacional y Casino Santaneco. A cambio, se les entrega  de manera individual la cantidad de US$100 mensuales durante seis meses y están siendo formados en sensibilidad cultural y aplicación de técnicas para el curado del patrimonio cultural; conocimientos útiles  para ser replicados en otros municipios e insertarse a vida productiva o crear su propio negocio.

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Ahora sí hemos sentido el apoyo, nos escucharon y ya tenemos electricidad

Claudia Beatriz orgullosa de haber trabajado por su familia y su comunidad

Santo Tomás, 21 de febrero de 2011. "Mi comunidad está cambiando. El primer día que tuvimos electricidad ya veníamos de noche con mis papás y nos quedamos parados viendo que todas las casitas tenían luz y sentí un gran alivio y me dije _ hoy si ya todos pueden estar satisfechos igual que yo me siento".

Sus ojos brillaban y era de las personas más sonrientes en el acto de inauguración. Claudia Beatriz Vásquez Castro, con 21 años de edad, formó parte del Comité de jóvenes que impulsó y gestionó el proyecto de electrificación en el cantón El Carmen Nº1, jurisdicción de Santo Tomás, departamento de San Salvador.

A partir de enero la joven estudiante de tercer año de Licenciatura en Computación, ya puede hacer tareas en casa o disfrutar de una película junto a su familia.

“Mi hermana me compró una computadora (portátil) y tenía que andar prestando dónde cargarla. Ahora ya se llegan las dos de la madrugada y yo haciendo tareas”, dice Claudia, emocionada.

La computación ahora es su pasión y motor de su sacrificio, pues la zona en la que vive junto a su familia es rural y de difícil acceso; sus clases terminan a las ocho de la noche y sus padres tienen que esperarla para regresar juntos a casa.

“Yo quise estudiar licenciatura en computación porque mi mamá me mandó a un curso cuando estaba en octavo grado, pero yo no sabía lo que era una computadora y allí fue donde me gustó la computación. Cuando iba a bachillerato les ayudaba a mis compañeros a hacer tareas y cuando me gradué yo quise estudiar eso. No tenía computadora y tenía que hacer tareas en el “ciber”. Siempre me ha gustado entregar mis trabajos bien hechos porque me gusta ser ordenada”, expresó Claudia.

Su madre, María de Jesús Castro de Vásquez, se siente orgullosa de sus hijos e hijas y reconoce que la dinámica familiar ha cambiado positivamente, ahora que cuentan con electricidad en casa.

“El cambio en nuestra vida ha sido bastante. Tenemos tres hijos que estudian, el pequeño que estudia en la tarde, sale a las seis y a esa hora comienza a hacer sus tareas porque a esa hora están las hermanas que les ayudan. En tiempos anteriores usábamos candelas y candil de gas y forzaban la vista para leer. Hoy no, ya nosotros venimos a hacer tareas, comemos juntos y ese es el beneficio más grande como madre. Mis hijos hacen sus trabajos y vemos películas”, comenta María.

Para Mario Ezequiel Vásquez Candelario, padre de Claudia, el ahorro de dinero y mayor  seguridad de su familia,  son ahora una realidad.

“La electricidad viene a contribuir más a la comunidad, a los ancianos que ya casi no ven, les costaba; incluso a uno en lo oscuro le cuesta arreglar algo y nos ha venido a ayudar bastante en la familia.  Vemos las misas y los partidos de fútbol. Además, se gasta menos en candelas y gas.  Ya no hay peligro de que se deje encendida una vela y se queme la casa”, dijo Mario.

La familia recuerda con tristeza el percance que tuvieron en casa por dejar una vela encendida. Agradecen a Dios que no haya pasado a más.

“Mis hijas habían dejado una vela en la mesa y por poco y se incendia todo porque agarró fuego. Fue un gran susto”, relata María.

Los fondos para ejecutar este proyecto provienen de FISDL, FINET (Fondo de Inversión Nacional en Electricidad y Telefonía) y Gobierno Municipal de Santo Tomás. La inversión asciende a US $ 71,585.73.

Los 2,700 metros de tendido eléctrico ha significado que queden atrás lo días en que los hogares del cantón El Carmen I utilizaban fuentes de energía que resultaban perjudiciales para su salud y el medio ambiente.

Contar con electricidad provocan cambios positivos en una comunidad, en tanto las familias puedan ingresar a un proceso productivo y salir de la exclusión en la viven por la falta de servicios básicos.

El alcalde Municipal, Benjamín Ramos Franco, destaca el avance que ha significado la ejecución del proyecto en El Carmen Nº1.

“La comunidad miraba lejos el proceso, pero el FISDL nos apoyó. Teníamos un 15% de áreas sin electrificar y ahora ya estamos superando ese porcentaje” manifestó el Edil.

INVERSIÓN TOTAL

  • US $ 71,585.73

Aportes:

  • Gobierno Municipal: US$29,264.51
  • FISDL: US$32,922.59
  • FINET: US$10,974.10

43 FAMILIAS BENEFICIADAS

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La señorita Cuenca y la perseverancia de El Tigre

La señorita Cuenca ha impartido clases durante 11 años a estudiantes  de Parvularia. En la actualidad atiende un grupo de 24 en El Tigre

Imponente y con más de una grieta en sus columnas, por lo añejo en su infraestructura, así luce El Arco Durán, coloso con más de cien años y cuatro décadas de existencia, se encuentra a 100 kilómetros de San Salvador y fue el primero en cedernos el paso para llegar al Centro Escolar cantón El Tigre del municipio de Ahuachapán, donde sus alumnas y alumnos, estrenaría nuevas salas para recibir sus clases y otras obras de utilidad para los docentes.

No está demás decir que para llegar a este Centro, El Arco Durán era la principal ubicación. Sin embargo, había que ahondarnos por una serpiente de polvo y piedra por media hora más, justo 12 kilómetros, de esos que los abuelos dicen… son contados por el diablo.

Por fin llegamos a la cola de aquella víbora de barro y piedra, una inclinación de dos metros y medio de concreto nos recibía. Un portón corroído por el tiempo y elaborado de malla ciclón daba obertura a la trama de Nora Carolina Cuenca y la niñez que con regocijo festejaban este 23 de febrero, la inauguración de obras del Centro Escolar.

 

Las sonrisas estaban por doquier, niños armados con escobas y carretas se veían, estaban sacándole lustre al barro y pepenando las hojas secas de los árboles, mientras otros jóvenes, los más inquietos por cierto, gritaban y espantaban a las menores más temerosas con un arácnido del tamaño del puño de una mano.

En El Salvador, esta animalita es conocida como araña de caballo. Según cuentan los pobladores de El Tigre, muerden y orinan los cascos –patas– de los caballos, produciéndoles una infección que hace que se les caigan. Es decir, quedan cojos de por vida.

La arácnida salió de su madriguera, debido a que ésta había sido invadida por los estudiantes, no por maldad, sino porque justo en ese lugar se plantaría un Maquilishuat, un árbol que es el símbolo de las relaciones amistosas entre Japón y El Salvador.

No era para menos plantar este árbol, las nuevas inquilinas –dos aulas– habían sido financiadas por el Gobierno de Japón con una inversión de más de 80 mil dólares, una contrapartida de la municipalidad de 4 mil dólares y la asistencia técnica por parte del Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local FISDL.

La señorita Cuenca, mi profe…

Después de algunas carcajadas y uno que otro susto ocasionado por la araña, pregunté a uno de los infantes: ¿quién es su profesora? De inmediato, aquella minúscula vocecilla me respondió: ¡Se llama señorita Norma Cuenca, mi profe…!

Me hizo una indicación con el índice, el dedo que muchas personas utilizan para señalar a otros. De pronto, alzo la voz, ¡esta por allá señor, en el aula! La encontré con unos libros, de esos que tienen figuras sin colorear y una pared tapizada con todos los nombres de las niñas y los niños que atendía.

“Gracias José”, le dijo la señorita Cuenca al menor que me acompañaba. Mientras tanto apoyaba sus manos en un escritorio rústico, de aquellos antiguos elaborados de cedro o laurel y haciéndole un segundo llamado ¡Ahora puede ir a jugar!

José, forma parte de los 23 infantes que estudian Parvularia en el cantón El Tigre. De esta población estudiantil 13 son niñas y el resto niños.

La señorita Cuenca, con más de tres décadas de edad, es de tez trigueña, ojos café y de estatura media (1.50 mts), que de entrada, dan ganas de recibir clases con ella, es amable y tiene una cualidad para dirigir, e induce a las personas a que se sientan cómodas en su sala de clases, es más, hasta hizo que me sentara en uno de aquellos diminuto pupitres- sillas de apenas 25 centímetros.

Acomodados en aquellas butacas minúsculas, descorrimos el telón de la historia del Centro Escolar, que esta erguido desde 1972 y que fue el lugar donde la señorita Cuenca empezó a nadar en las letras.

“Yo nací aquí en El Tigre, estudie en esta escuela, mi maestra era la niña Lety (Leticia), no recuerdo su apellido, pero trabaja en Ahuachapán, aun tengo grabadas sus palabras: supérense para sacar adelante el cantón, de ustedes depende”. Comenta, la señorita Cuenca.

A lo que secunda, “Para mi orgullo, en el aula donde doy clases, es la misma donde me forme en mi infancia, le tengo mucho aprecio a este Centro Escolar, a toda la gente, en especial a las niñas y niños, son mi vida”.

La Profesora Nora Cuenca, hizo de aquel momento un espacio muy íntimo, donde el baúl de los recuerdos afloró y donde la piel se enchina al rememorar lo deplorable que eran las instalaciones de su escuela y el cambió que había tenido con el pasar del tiempo.

“Recuerdo que sólo era cajón partido en tres, allí recibíamos las clases, era hasta sexto grado, después nos tocaba ir hasta Ahuachapán para poder continuar. En mis años mozos, me tocaba saltarme el cerco, mi casa estaba a la par de la escuela”, expone Cuenca.

A lo que hilvana: “Hoy mi escuela se ve bonita, gracias al apoyo de Japón, la Alcaldía Municipal, FISDL y todas las personas que nos involucramos en el proyecto. Ahora, solo falta, que nos apoyen con la reparación del techo de los salones viejos, que ya se aproxima el invierno y se pueden mojar mis niños”.

Pero, para ver bien maquillada la escuela, no fue tarea fácil, desde el año 2001, todo el cuerpo docente, iniciaron las gestiones de la reconstrucción, producto de los daños recibidos por los terremotos. “Lo único que recibimos fue unas cuantas láminas y con estas nos hicieron los salones de clases, que no solventaban la necesidad porque deshidrataban a la población estudiantil”, expone Cuenca.

Continúa, “Hoy la cosa ha cambiado, así debería de trabajar las instituciones, unidas y con apoyo de la cooperación internacional, de esa forma se desarrollan los pueblos y los resultados se ven de inmediato, antes teníamos una 60 u 80 estudiantes, hoy tenemos 159, y esto nos ha permitido ampliar la atención educativa hasta Tercer Ciclo”.

La señorita Cuenca, tiene 15 años de laborar en el Centro Escolar cantón El Tigre, ha visto todas las iniciativas fallidas por mejorar las instalaciones de su escuela y las juntas de padres decepcionadas, al no ser escuchadas, ante el derecho a la educación que tienes sus vástagos.

Ahora, la perseverancia de El Tigre ha dado frutos. El proyecto financiado por Japón, les dotó de mejores y ampliadas instalaciones que contemplan: dos aulas, una media dirección, una cocina, servicios sanitarios (4 servicios y 1 lavamanos) con una fosa séptica y un pozo de absorción, instalación de defensas y vidrios en las ventanas de las aulas existentes.

El rol del FISDL, consistió en monitorear y dar seguimiento a la ejecución de la obra, y tiene un gran compromiso: velar y entregar las herramientas de calidad necesarias para reducir la pobreza en El Salvador.

Detalle de la población estudiantil del Centro Escolar cantón El Tigre

  • Parvularia: 13 niñas y 11 niños.
  • Primer ciclo:  16 niñas y 22 niños.
  • Segundo ciclo:  31 niñas y 28 niños.
  • Tercer ciclo:  15 niñas y 23 niños.

    Total: 75 niñas y 84 niños.
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Mezclando el futuro con el PATI

Dina Elizabeth Pérez, y familia, en Apopa

Apopa, 28 de abril de 2011. Para Dina Elizabeth Pérez, oriunda del caserío La Pinera del Municipio de Apopa, el Programa de Apoyo Temporal al Ingreso- PATI- se ha convertido en una amalgama de superación en su vida familiar y laboral.

No es para menos, esta fémina de tez morena y que supera las tres décadas,  recibió su segundo apoyo económico por parte del Programa, consistente en cien dólares mensuales durante seis meses. El apoyo es condicionado a su participación seis horas, cinco días a la semana, en proyectos comunitarios que han sido determinados con la Municipalidad.

“Me han dado la oportunidad de estar en el proyecto de albañilería, me gusta y he aprendido a preparar la mezcla  para pegar los ladrillos. Ahora, ya puedo levantar un muro y hacer mi casa”, comenta Dina.

Y unido a este relato, se pinta un gesto de ironía en su rostro, expresando: ¡Este no es trabajo sólo de hombres, también las mujeres podemos…somos más ordenadas y mezclamos bien el cemento con la arena!

Antes, Dina  se dedicaba a la venta de trapeadores, comercio informal que no es muy bien remunerado en la localidad y a duras penas obtenía para un tiempo de comida.  Ahora, junto a uno de sus hijos- Raúl Alfredo  y 38 personas más, participan en el proyecto Albañiles de mi Ciudad.

En esta segunda entrega del PATI en Apopa, se  desembolso US$ 24,900 dólares, a  18 comunidades de 7 Asentamientos Urbanos Precarios.

“La vida esta difícil en este municipio, más para las madres solteras como yo. Por eso estoy muy agradecida con la municipalidad y el FISDL, por darme la oportunidad de enseñarme a manejar la cuchara para pegar los ladrillos. Ahora, le solicito al Gobierno, que nos ayude después de terminar los seis meses”, puntualizó Dina.

Como esta fémina en Apopa participan 203 personas en los proyectos comunitarios:

  • Albañiles de mi ciudad;
  • Fomento del arte y la cultura;
  • Aprendiendo buenas prácticas en el manejo integral de los desechos sólidos;
  • Fomento de la organización y formación técnicas deportiva comunal;
  • Elaboración de murales y ambientación de espacios públicos;
  • Recuperación de espacios públicos y refuerzo escolar y estimulación temprana.
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“La misericordia de Dios… me abrió esta puerta”

Yolanda Flores - Beneficiaria del programa PATI

Tonacatepeque es una Ciudad  ubicada a doce kilómetros de San Salvador, es muy característico encontrar en el corazón del casco urbano un mercado plagado de productos tradicionales como jarcia, dulce de panela, granos básicos, entre otros, que sostienen la economía  local. Sin embargo, lo que sobresale  en esta región,  es la calidez, la  humildad y el coraje su gente. Yolanda Flores es un modelo de tonacatepecana  a seguir.

A simple vista,  su rostro refleja lo duro que le ha tratado la vida;  posee una tez trigueña  y una cabellera oscura que cada día está siendo poblada por nuevas inquilinas plateadas. En la actualidad, supera las cinco décadas y se encuentra participando en el Programa de Apoyo Temporal al Ingreso – PATI.

Sin embargo, debajo de ese rostro que proviene de la comunidad Paso Puente,  se devela un alto grado de ternura, superación y esperanzas de vivir  ante una enfermedad que cada día le roba una parte de su cuerpo.

“Por 30 años he cargado con una neuropatía diabética, en dos ocasiones los médicos  me han propuesto cortame los pies. Dios no lo ha permitido y sólo me han mutilado dos dedos”, comenta  Yolanda.

Sus ojos negros,  me confunden por unos instantes, se inundan por completo generando un caudal que en menos de un minuto  recorrió  aquel rostro que para muchas personas puede ser  frio y de temperamento fuerte.

Sin embargo, esa vertiente salina que me paralizó,  no era de dolor, sino de satisfacción y gratitud, según ella: “Dios me ha permitido por primera vez recibir un ingreso formal, me sentía desamparada. Nunca pensé que a mis años y con una enfermedad, me hicieran sentir importante”.

A lo que secunda “Yo estoy trabajando en un proyecto de reciclaje, este consiste en separar el plástico, el vidrio y las hojas. Luego, con las hojas hacemos una  zanja y las enterramos para obtener abono”.

Yolanda forma parte del proyecto “Recolección de Desechos Sólidos”, que impulsa la municipalidad de Tonacatepeque en coordinación del Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL- a través de programa PATI.

Tonacatepeque, recibió este 29 de abril, su segundo apoyo financiero que superó los 21 mil dólares y que benefició a 212 personas, quienes participan en proyectos como: Limpiando mi Comunidad, Huertos Caseros, Recolección de Desechos Sólidos y Recuperación de Espacios Públicos.

Contra viento y marea

La neuropatía diabética no ha sido impedimento para que Yolanda pueda realizar todas las actividades asignadas. “Ella hace su mayor esfuerzo por cumplir, despacio pero con deseos de hacer bien las cosas, es digna de admirar. Cuando falta, es porque le ponen las quimioterapias. Por lo demás, es un ejemplo a seguir”, comenta Patricia Villalta, asesora FISDL.

Según Yolanda: “La misericordia de Dios… me abrió esta puerta.  Aunque la enfermedad me avanzó en un riñón, no quiere decir que haga mal las cosas. Al contrario, tengo que poner mi empeño para que el resto de las personas vean que las mujeres somos fuertes y valientes”.

A lo que secunda, “Estoy muy agradecida por permitirme participar en este Programa y por incluir a las mujeres solas como yo, que no dependemos de un familiar para poder sobrevivir”.

Esta tonacatepecana, tiene dos hijos adultos que no le pueden ayudar económicamente. Ambos tienen familias que mantener y no poseen  un empleo digno para darles de comer.

Su único consuelo es la compañía de sus amigos y amigas que tiene en el proyecto, quienes la  apoyan y le dan fortaleza para seguir adelante.

Como Yolanda, ya recibieron su segundo apoyo financiero las comunidades: 2 de noviembre, Paso Puente, 10 de octubre, Monseñor Romero, y Los Héroes; quienes se comprometieron a participar seis horas, cinco días a la semana, en proyectos comunitarios que han sido determinados con la Municipalidad.

Contra viento y marea,  sus deseos de vivir son grandes, cuando ella culmine los seis meses de participación en el Programa, piensa volver a sus andadas, lavar y hacer trabajos domésticos. Ella es una de las razones principales que dan vida a los programas sociales  impulsados por el Gobierno Central, en especial al PATI.

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