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"Vale la pena esforzarse para lograr lo que nosotros un tiempo pensamos que era imposible"

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José Aldana Martínez, padre de seis hijos, durante más de una década participó en la directiva de las comunidades El Nance y Zacatal del cantón San Ramón, municipio de San Pedro Nonualco, para gestionar el servicio de agua potable. Actualmente, José y 113 familias más, disfrutan el resultado de su esfuerzo.

José ha continuado el trabajo directivo y organizativo en su comunidad y ahora es el encargado de la Junta de Vigilancia de la Asociación Regalo de Dios, que es la responsable de administrar el sistema de agua potable. La inspiración y el impulso para persistir en la gestión, lo encontró en su familia, para procurarles un mejor futuro.

 “Fíjese que yo siempre he pensado en mis hijos, porque igual nosotros teníamos que estar yendo a traer el agua lejos. Teníamos que desocupar una hora para ir a darse el bañito y traer el agüita para tomar y el oficio, y luego a la escuela. También yo veía algo más con aquellos señores  que ya  no pueden ir a valerse por sus propios medios, que alguien tenía que sacrificarse para ir a traerles el agua para que ellos se asearan y estuvieran bien en la casa, sin tener que ir hasta la vertiente. Eso yo lo veía que era un factor que nos estaba obstaculizando el mejoramiento personal de cada ser humano”, relata José.

“Va a ser diferente, porque por lo menos el tiempo que se ocupaba para ir a traer agua, para ir a bañarse, ese tiempo ya se ocupa para que nuestros hijos o los nietos míos se ocupen en otras tareas, por ejemplo en estudio, porque por lo menos dos horas de ir a traer un viaje de agua y a bañarse, eso ya implica pérdida para estudio, entonces pienso que es beneficio bueno para el futuro” comenta José, que identifica el cambio positivo en la vida familiar ahora que ya cuentan con agua potable.

El camino recorrido por la junta directiva no ha sido fácil, pero fueron persistentes y ahora han transformado su realidad. “Cuando nosotros empezamos a fundar la junta de agua desde el 2001, anduvimos buscando vertientes por todos lados y nunca encontrábamos. No dejábamos de desanimarnos al ver que íbamos por un lado para ver si nos vendían y nos decían no, o nos costaba un platal inmenso, y la comunidad pobre, decíamos nosotros: es imposible. La cosa se nos ponía cuesta arriba, no dejábamos de dudar, pero luego entre directivos nos animábamos y volvíamos a hacer otro empujoncito”.

“Soy miembro de la comunidad y con el deseo que nosotros teníamos, cuando nos dijeron que ahora sí es un hecho y empezamos a mover la gente y la gente entusiasmada una parte, otra como desmotivada que decía: 'No, si esto ya es un cuento.' Unos creían, otros no; pero los que estábamos animados no dejábamos de seguir animando a la gente,  bueno y se empezó a trabajar y la gente se iba motivando”.

La perseverancia de años para José es motivo de orgullo: “Ha valido mucho la pena que los compañeros se hayan esforzado, una; otra, que nos hayan animado, había gente buena de otros sectores que nos animaba. Tuvimos algunas capacitaciones referente al agua y no era fácil porque fuimos aún sin tener agua, ya nos estábamos preparando para lo que venía en un futuro, gracias a Dios se ha dado”.

José considera haber encontrado la clave para tener éxito en las gestiones y hace recomendaciones a otras comunidades: “Mi consejo mejor que yo les estaría dando a aquellos que se encuentran como nosotros nos encontrábamos el año pasado es de que el esfuerzo vale la pena, aquellos que no se han organizado, que se organicen y verán igual que nosotros que la unión hace la fuerza, vale la pena esforzarse para lograr lo que nosotros un tiempo pensamos que era imposible. Hasta ahora nosotros estamos súper contentos. Agradecimientos al FISDL, porque pienso que nos ha impulsado y nos ha estado animando, capacitando y hasta la fecha no nos han dejado; y quizás yo diría que no nos dejen, porque si yo siento que es gran parte de este cuerpo que se ha venido construyendo porque sin el FISDL quizás no hubiéramos logrado lo que ahorita tenemos. Mis agradecimientos son a Dios y a las instituciones que hacen el esfuerzo de trasladarse a países amigos para trasladarse a solicitar lo que nosotros necesitamos”.

Para la introducción de agua potable y saneamiento básico en caseríos El Nance y Zacatal, el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local de El Salvador (FISDL), con el apoyo del Fondo de Cooperación para Agua y Saneamiento, del Gobierno de España, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Municipalidad, realizaron una inversión de US$ 279,242.79, que incluye la construcción del tanque de captación y estación de bombeo; así como la capacitación a la Junta de Agua para que administre el sistema.

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Me siento feliz… el agüita es nuestra

Juana Francisca Lozano (doña Juanita), del Cantón El Volcán

Santa Elena es un municipio del departamento de Usulután que no sobrepasa los 66 kilómetros cuadrados, por su dinámica geográfica la urbe es tragada por lo rural, y es aquí, en este trozo de El Salvador, específicamente en los cantones El Volcán y Piedra de Agua, donde más de 326 familias se beneficiaron con la introducción de agua potable, gracias al apoyo del Gobierno Central y al apoyo financiero del Gobierno del Gran Ducado de Luxemburgo.

“Antes,  el agua nos caía tres veces por semana y teníamos que almacenarla para hacer los oficios. Ahora, todos los días la tenemos… nos alcanza para aplacar el polvo y lavar bien los alimentos para tener mejor salud”, comenta Juana Francisca Lozano, una oriunda del Cantón El Volcán, beneficiaria de este proyecto que se ejecutó con una inversión de 726 mil dólares.

Juana o “Juanita” como le dicen en su cantón natal, es muy conocida por su liderazgo en la zona. Ella, con su sabiduría se organizó junto a las familias de los cantones para hacerle la petición del proyecto de agua potable y saneamiento a la Municipalidad y a las instituciones del Estado.

Ante esta necesidad, las instituciones gubernamentales respondieron con el apoyo financiero de la cooperación internacional,  logrando instalar 326 acometidas domiciliares, 310 letrinas, la perforación de un pozo de 200 ml de profundidad y la construcción de un tanque de almacenamiento con capacidad de 150 metros cúbicos.

“Me siento feliz…el agüita es nuestra; antes nos proporcionaban de Joya Grande y nos tocaba tener muchos recipientes para guardarla. Ahora podemos encender el chorro a la hora que queramos y sale en cantidades”, relata esta octogenaria, quien es dueña de una descendencia de  9 hijas(os), 30 nietas(os) y 12 bisnietas(os).

Juanita ha visto el desarrollo palmo a palmo de los cantones El Volcán y Piedra de Agua, según ella: “Hace más de 40 años, íbamos al pueblo – Santa Elena- con barriles a traer agua en carretas y para economizarla, no juntábamos varias mujeres para ir a lavar al río de Santa María. Ahora ya no lo hacemos, la tenemos en la casa”.

Este proyecto  es una solución a las necesidades insatisfechas de las comunidades y fue ejecutado a través del Programa Comunidades Solidarias Rurales del Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL-. Además,  estas obras mantienen una metodología de cohesión social, que es reflejada con la creación de  Juntas de Agua Comunales, quienes son  las  responsable de  asegurar y administra bien la distribución del vital líquido. A la fecha, esta Junta ha fijado una cuota de distribución de 6 dólares, utilizados para pagos de mantenimiento de los sistemas, apoyo técnico y administrativo.

 

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Las pinceladas de Mowgly embellecen a Guadalupe

Mowgly

Al pie del Chinchontepec, un volcán que se encuentra erguido en las tierras pertenecientes al departamento de San Vicente. Allí, en las faldas de este gigante de más de dos mil metros de altura está incrustado Guadalupe, un municipio que ha sido golpeado por los fenómenos naturales ocasionándoles serios desastres, y hoy, desde las sienes de la pobreza, sacan a luz pública un gran tesoro… su gente.

Y parte de este capital humano que sobrepasan los ocho mil, se encuentra José Mauricio Escobar, un joven humilde de complexión delgada, con más de metro y medio de estatura y dueño de una cabellera larga que sujeta una cola de macho.

Este muchacho, es conocido en Guadalupe como Mowgly, sobrenombre impuesto por sus amigos de infancia, quienes no podían pronunciar bien su nombre. Por tal razón, este bautizo artístico de niñez le ha caído como anillo al dedo por las multifacéticas actividades que realiza en el Municipio.

Las acciones que realiza Mowgly para llevar el sustento a su hogar, van desde reparador de bicicletas, técnico en electrónica y computación, animador de fiestas (disc-jockey) y muralista. Esta última función, la realiza a través del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso (PATI), que contempla una inversión de US$ 14 millones otorgados por el pueblo de los Estados Unidos de América, a través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

El Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local – FISDL - es el responsable de la administración del Programa y con estos fondos donados, atiende las demandas de ingreso de las personas pobres. Esta donación, es un apoyo ante la crisis financiera mundial y el IDA particularmente afectó 11 municipios y dentro de estos se encuentra Guadalupe.

A la larga, este apoyo del pueblo de los Estados Unidos, beneficiará a más de 16 mil personas, entre ellas y ellos, jóvenes entre 16 y 24 años, y mujeres jefas de hogar; que no estén empleadas ni estudiando en el sistema educativo. Mauricio, es una de estas personas.

El PATI, le garantiza a este Mowgly la cantidad de US$100 mensuales durante seis meses, que luego de un proceso de inscripción y selección de acuerdo a criterios de pobreza y vulnerabilidad, fue incorporado al mismo; apoyo que es condicionado a su participación en la ejecución de proyectos comunitarios y en cursos de capacitación.

Murales con sentimiento

Este Programa, contempla en Guadalupe la ejecución de seis proyectos, entre ellos: La reparación de caminos vecinales, rotulación de nomenclatura, restitución de pintura y pintado de murales artesanales en paredes exteriores y la construcción de cordones, cunetas y badenes en área urbana.

Mauricio, con 25 años de edad, pertenece al proyecto de restitución de pintura, y en este, participa junto a 47 jóvenes más, que forman la cuadrilla de muralistas que embellecen el casco urbano con detalles religiosos, tradiciones populares, figuras de animales, medioambientales y otros que estampan la realidad social del municipio.

Las manos prodigiosas de Mowgly a diario cargan una cubeta plástica, que en su interior resguarda diez botellas de diferentes colores que al ser mezclados y barridos en las paredes por las diminutas brochas -pinceles- hacen rememorar lo que fue el municipio de Guadalupe antes de los desastres. Pero también, estas pinceladas tienen cierta perspicacia y contenido de denuncia. Quien sostiene un primer encuentro con sus obras, dibuja en las neuronas emociones y sentimientos.

Las escobillas de Mowgly han tocado las paredes de la clínica y las casas de sus vecinos, en estas ha trazado portales, iglesias, ilustraciones de conservación del medio ambiente y el último que estaba estampando, lo hacía en un expendido de agua ardiente- una cantina- . Esta obra, muestra cómo Jesucristo toma del vientre y hombro a un hombre que ha sido desahuciado y que lo ha perdido todo, producto del alcohol.

“Ya tenía conocimientos en dibujo. Pero, gracias a los talleres impartidos por el Programa, lo aprendí en dos semanas, ya tengo un trabajo para llevar unos centavitos a la casa y aporto en la comprar de los frijolitos; no puedo salir lejos del pueblo por la avanzada edad que tiene mi mamá. Quién más se quedaría con ella al faltar yo”, comenta Mauricio.

Continua: “La pintura me saca de este mundo, olvido las penas y todos los problemas. Por eso, lo que hago, lo pinto con sentimiento, para estar en las mentes de las personas, por eso… impongo mi estilo. Aquí aprendí bien la técnica de mezclar y degradar los colores, para embellecer Guadalupe y darle un toque especial”.

Memorias de la mamá Chus

Las habilidades de Mauricio no son tan nuevas, según Teresa de Jesús Amaya, una fémina que sobrepasa las ocho décadas, de tez canela y agrietada por el tiempo, pero suave como la piel de un durazno. Evoca: “Mi hijo es el peón de casa, desde pequeño era juguetón y travieso, hacia muchos dibujos. Siempre me decía, ¡deme un mapis mamá!, cuando quería un lápiz”.

A lo que secunda: “Era bien listo, en primer grado – seis años – pintaba los morros y les ponía unas bolitas de lana, al terminarlos quedaba unos payasos bien bonitos, su maestra bien contenta. Y no sólo eso hacía, también con las cajas de café listo elaboraba piñatas”.

“Desde niño todo desarmaba y armaba, recuerdo que un día le regalaron una bicicleta toda podrida y la levantó, luego aprendió el oficio de repararlas, así fue como ganó sus primeros centavitos”, dice doña Teresa.

Aunque del baúl de los recuerdos salían historias por doquier, doña Teresa calló por unos instantes, para agarrar impulso y fuerzas, sus ojos empezaron a lloviznar para decir: “A Mauricio, yo lo crié desde los dos años, su mamá se fue a tomar otro hogar, desde pequeño lo tengo, lo amo y lo quiero como si lo hubiera procreado. Ambos nos cuidamos”.

Mowgly, le toma la mano, la abraza y con dos lagunas en los ojos, responde: “Ella es mi madre, me ha criado. Si no fuera por mi mamá Chus, no sé donde estuviera. Ella es la razón de mi existir, por eso me preocupo y no quiero dejarla sola”.

De pronto, la mamá Chus, recuperada de esta estampa de la vida, saca del baúl de los recuerdos otra historia de Mauricio: “Mi hijo desde pequeño era finito, jugaba de sembrar y de armar cosas. En una ocasión, un muchacho le hizo una carreta con dos palitos, unas ruedas y unos mecates. Vino él -Mauricio-, le puso dos trozos de bambú y dos sillas… la hizo caminar”

“Pero no crea que todo es bonito, cuando se me desnivela –mal portado- lo corrijo, pero con palabras, le digo que me siento triste por lo que hace y que lo voy a perdonar ahora y mañana. Luego, me consuela y me dice que no lo volverá hacer”.

Doña Teresa, es una hábil cocinera, antes de los terremotos, tenía su comedor, donde la especialidad era el bazo relleno –carne de res con diferentes ingredientes- , receta que resguarda en su mente y la persona que quiera degustar, tiene que solicitar sus servicios.

Sin embargo, ella ya no puede cocinar como antes, su cuerpo ya no presenta la misma agilidad, se hilvana a su edad la ceguera heredada de las vigas que cayeron en el rostro, cuando su casa sucumbió ante los terremotos en el 2001.

Para Mauricio y su madre, lo que les sustenta a diario es la unión familiar y el poco ingreso que reciben del PATI. La única incertidumbre que tienen, es qué pasará cuando las pinceladas de Mowgly finalicen dentro dos meses en Guadalupe, un municipio donde su capital humano se desgarra por embellecer el municipio y que está dispuesto a producir más, en tierras donde rascar la tierra para salir de la pobreza no basta.

 

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En el valle de morros, florece el conocimiento desde hace cinco décadas - Primera parte

Escuela El Tránsito, Tacachico

En un recóndito lugar de origen precolombino, situado en las cercanías de San Juan Opico, donde hace 1400 años los antiguos  moradores adoraban la tierra, veneraban el sol y la luna. Allí, se enaltece el Centro Escolar Cantón El Tránsito, un foco del saber que resurge de las cenizas después de estar en el olvido y que en su interior, preserva una memoria de incidencia política, amor y pasión por la educación.

El Cantón El Tránsito, se encuentra erguido en el municipio de Tacachico ubicado en el departamento de La Libertad, a dos horas de distancia de la capital- San Salvador. Es decir, un aproximado de 75 a 80 kilómetros.

Para llegar a este Cantón olvidado de la urbe y el traqueteo de los motores, similar al Macondo que narra el colombiano García Márquez en su obra  Cien años de Soledad, se tiene que pasar caminos quebrados y ásperos.

La boca de la serpiente de polvo inicia en la Colonia El Rosario de Tacachico, rumbo a Valle Mesa y son más de 30 minutos que se tienen que recorrer por este coral de barro  que cruza la llanura de los Pokomanes y  los Chortis de la familia Maya Quiché.  No es para menos, este Cantón se encuentra en la sien de los centros arqueológicos del país, Joya de Cerén y Ruinas de San Andrés.

Conforme irrumpimos en esta sierpe de polvo y llegamos a su panza, nos encontramos en un mundo adornado de esféricas y ovaladas pelotas verdes que aparecen de unas raquíticas ramas. Uno se pregunta cómo es que aparecen esos bultos de un árbol que no tiene hojas.

Su pobreza en follajes es visible, como que si un pelotón de  hormigas y zompopos hubieran satisfecho su paladar durante esta época donde el cielo tira sus primeras lágrimas. En El Salvador, estos árboles pelones y sus frutos son conocidos como morros.

Frutos que nuestra familia Maya Quiché utilizó para elaborar utensilios del hogar desde platos, cucharones, huacales para tomar los atoles y satisfacer la sed con la elaboración de la bebida horchata. Esta última,  se fabrica de la semilla de este esférico que nace en las costillas y ramas de los arbustos que pese a ser calvos, están dotado de hermosura. Cargados de esmeraldas nacidas en el reino vegetal.

Bajo la sombra de una dictadura militar derrocada

Tras cruza la barriga de este coral de tierra, llegamos al Cantón El Tránsito, que al igual que las plantaciones de morro, en su casco urbano, cuelgan  más de 121 familias en condiciones de pobreza y que sobreviven de lo poco que le rascan a la tierra.

Los primeros  en recibirnos fueron una empinada polvosa de tres metros de ancho y unos cuantos pick up que son utilizados para el transporte público. No está más decir, que el Centro Escolar es prácticamente la terminal de la zona.

Por fin,  llegamos al portón principal, donde yace en su interior  la prominente escuela que hoy luce remozada y que tiene sus orígenes desde 1956-1962, época del Presidente José María Lemus. Aunque irónico, su gestión se enmarca en un contexto plagado de torturas, injusticia social, caída de los precios del café y la multiplicación de los movimientos de obreros. Que dieron paso al  derrocamiento del militar el 26 de octubre de 1960.

Es más, este centro del saber, es como un eslabón perdido en una sociedad donde el binomio imperfecto era el Estado y la educación. Muestra de esta disparidad, se palpa  tras el derrocamiento de Lemus, período donde fue  liberado el prominente poeta Roque Dalton, que por amor a las letras y a las fuertes críticas reflejas con su pluma, había perdido el  privilegio de su libertad.

Esta escuela que nace bajo la sombra del Presidente Lemus, creció  en el corazón  de un potrero gracias al Instituto de Colonización Rural (ICR), hoy Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA),  y sus  únicas armas eran  cuatro aulas, un pequeño corredor y unos recipientes para resguardar el vital líquido que los estudiantes consumían en el recreo.

Al compás del olvido,  la ofensiva y la clandestinidad

Después de dos décadas del derrocamiento del Presidente Lemus (década de los 80), las bancas que recibieron a los jóvenes lugareños desaparecieron producto de las revueltas civiles que pasaron de la urbe al campo. Conflicto armado que produjo un estancamiento de la educación.

La escuela de El Transito estaba en cuidados intensivos, agonizaba  producto de un cáncer terminal de balas y truenos que obligaban a  jóvenes dejar sus estudios por agarrar un machete o una cuma para alimentar a las familias. Esto, debido a que la mayoría de los adultos migraban por temor a ser confundidos entre uno y otro bando. Era la época de la clandestinidad y el miedo.

“Era mi primer trabajo, me habían nombrado como maestra de una escuela abandonada, parecía un potrero  la pobre. Me tocó organizar a las familias y hacerles conciencia  que tenían que mandar a los niños y a las niñas a clases” comenta Cecibel de Panameño.

A lo que secunda: “Vine en 1986, como era la única maestra, sólo pude dar apertura al  primero y segundo grado, inicié con  120 estudiantes en dos turnos (mañana y tarde), quienes se acomodaban en tablones, mesas y sillas hechas con pita. Todo, lo  traían de sus casas”

Esta fémina oriunda de San Juan Opico, relata  que le tocó vivir en el cantón por más de dos años, no tuvo problemas de amenazan mientras daba clases. Es más, tenía estudiantes que sus padres  formaban parte del ejército o de alguna milicia popular, quienes descuidaron la tierra por irse al campo de batalla, heredando la rascada de la tierra a sus hijos.

“Era un problema gravísimo en este cantón, no sabían leer y escribir; los muchachos de primer grado tenía 16 y 18 años, estaban descuidados por ir a cultivar. Las niñas por el contrario, a temprana edad eran mamás”.  Comenta Cecibel, con dos lagunas reflejadas en sus ojos.

Continua: “Después de 25 años, me siento orgullosa haber rescatado esta escuela, el potrero que recibí, ya no lo veo. Hoy  lucen hermosas las aulas, con ladrillo de piso, energía eléctrica y agua; no me va a creer, pero en época de guerra sólo dos cántaros con agua me daban para la semana y con ésta…también me bañaba”

Cecibel de Panameño de 45 años, hoy es maestra del Centro Escolar Casto  Valladares de San Juan Opico y regresó a El Tránsito - mayo- para celebrar la inauguración de la ampliación de la escuela, que fue financiada por Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo como parte del Programa Comunidades Solidarias,  ejecutado por Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local – FISDL. Ella, estuvo por dos años en este centro educativo y por quebrantos de salud, salió del cantón.

 

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