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En el valle de morros, florece el conocimiento desde hace cinco décadas - Segunda parte

Cindy

El potrero que un día agarró Cecibel, ya luce diferente; nada más, bastaba darle una abonada interinstitucional  al cantón El Tránsito, donde interactuaron la comunidad, la municipalidad, el Ministerio de Educación y desde luego, el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL- afianzado de la confianza de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo- AECID-.


No está de más decir, que se respondió a las necesidades del linaje de los Mayas Quichés. Quienes fueron humillados por la  voraz  IDA, una tormenta que hace  año y medio, se tragó El Salvador en apenas dos días.


En este valle de morros, las lágrimas del cielo inundaron todo,  extinguiendo toda la producción agrícola, pariendo un sinfín de  enfermedades  y dejando a ras de piso  toda edificación, hasta las  pudientes. Como la Escuela, que  a luz del desarrollo, era la más prominente del lugar y dejaba sin el alimento de las letras a más de doscientas almas.


El termómetro fue  puesto en la Escuela,  la temperatura pasaba de los 41ºC  y había que suministrarle uno de los medicamentos más efectivos para contrarrestar  su convulsión. El brebaje para este mal, posee un compuesto  de sabiduría, buena voluntad, sinergia interinstitucional y el elemento clave, el trabajo participativo de la comunidad, que fue regido por el Alcalde Municipal de San Pablo Tacachico, Don Arístides Alvarado.


Don Arístides, gestionó los fondos ante el FISDL y fueron más de 135 mil dólares proporcionados por la AECID. Monto que sirvió para la reconstrucción de los techos, instalación de cielo falso, pavimentación de pasillos, muros de piedra, canaletas, cancha de baloncesto, entre otras obras  para beneficio de la población estudiantil, que supera las doscientas personas.


Hoy, los pupitres hechos de tablones, los servicios de fosa y las grietas de barro que un día pisaron la generación de los ochenta (hijas e hijos de combatientes) han desaparecido, ya tienen agua, energía eléctrica, servicios sanitarios de lavar y lo principal de todo…más maestras y maestros. Sin embargo, aún quedan memorias y necesidades, como lo expresa su actual directora y dos de sus alumnas.

Una escuela bella, con historias de amor  y carestías

“Ingresé en 1994, era la única plaza que existía, cuando llegué, sólo había un pabellón con cinco salones y los baños eran de fosa;  lo preocupante,  era en el tiempo de invierno,  los techos estaban dañados y el agua entraba por todos lados. A esto,  se sumaba la cantidad de barro que entrabamos a las aulas”. Comenta María Ana Andrade, directora del Centro Escolar.

Esta unionense de ojos zarcos (verdes con amarillo), relata: “Tenía que caminar mucho, viajaba todos los domingos a la comunidad y nos acomodábamos en diferentes viviendas - todavía es así- para no viajar todos los días”.

Entre sollozos, a la directora se le escapa una risa pícara, como queriendo despejar de su garganta una historia que para los oídos de aquellos  ajenos a la comunidad- visitantes-  puede ser un delito o un impulso de amor producto del encanto del valle de los morros.

Con un poco de timidez y sigilo, logró despejar su garganta para decir: “Aquí encontré mi primer amor, en la casa donde me dieron abrigo al venir por primera vez.  El Tránsito me atrapó, tengo catorce años de casada y dos hijos. Este es mi hogar, por eso amo a la gente de este cantón y me preocupo cuando faltan cosas para mejorar la educación”.

A lo que secunda: “Por el momento, tenemos hasta noveno grado, ya son 10 promociones las que hemos graduado. Pero de esta población estudiantil, sólo una persona sale a estudiar bachillerato, el resto se quedan para sembrar sandía o hacer la milpa. En el caso de las niñas, se queda para ser mamás o se van como domésticas a las zonas urbanas”.

De pronto  los  ojos de la directora se convierten en mares; no es para menos, la mayoría de las jóvenes que cursan su noveno grado rondan los 15 o 16 años, sin esperanza de mejorar los niveles de vida y su única formación académica queda en el olvido al convertirse en amas de casa. Por no tener otra cosa que hacer.

“Entre mayor educación tengamos,  mejores oportunidades tendrán las personas de este cantón para salir de la pobreza, en espacial para las niñas.  Por eso hago un llamado a todas las autoridades, para que puedan apoyarnos con la construcción del bachillerato, carecemos de este derecho a la educación, porque tenemos espacio para hacerlo y el personal para atenderlo”. Puntualiza, esta fémina de 37 años y profesora en Ciencia Sociales, graduada de la Universidad de El Salvador.

Yo seré  doctora cuando crezca

Antes de iniciar el relato de Cindy, una joven visionaria del cantón El Tránsito, le pedí el consentimiento jurado para exponer su experiencia. Donde ella, por ser menor de edad, me autorizó de forma oral publicar su historia. Narrativa que muestra cómo la pobreza  podría superarse, si aprendemos a escuchar a las personas más necesitadas.

“Yo soy mala para las matemáticas, pero tengo algo bien claro, cuando sea grande quiero ser Doctora, para ayudarle a las personas de mi cantón. Porque el conocimiento que uno tiene, debe ser aprovecharlo al máximo para servir a los demás”.  Cuenta, Cindy Tejada, estudiante del noveno grado, con metro y medio de estatura y dueña de una cabellera lacia color madera.

Esta lozana tacachiquense que ronda los 16 años, es más despierta que  una joven de la urbe –más viva, como es el decir popular- , a su corta edad, ya tiene lauros a nivel académico, sólo diplomas al mérito posee; no es para menos, siempre ha obtenido  el primer lugar en su escuela. Conquistas que ha colocado en  la pared de honor de su hogar.

Pared que está elaborada por varias barras de bambú, unas láminas corroídas y maniatadas con alambre,  que se esconden debajo de un plástico blanco con pascuas y otro de color celeste con estampas de gajos de uvas y manzanas.

Sin embargo, la abundancia de sus logros compite con el exceso de necesidades. Ella y su familia, sobreviven de lo poco que su madre lleva al hogar, que está compuesto por ocho personas (tres hermanas más y tres hermanos). El padre, un agricultor que  se encuentra ausente de las necesidades básicas de la casa.

La casa de Cindy es similar a la de muchas familias que se encuentran en condición de pobreza en  El Salvador, donde se les cuela la lluvia por todos lados y las paredes están montadas con horcones podridos, barras de castilla recubiertas con plástico y láminas perforadas.

A esta precariedad, se le suma las obligaciones de lavar y preparar los alimentos a su estirpe, quienes desde que están en Parvularia ocupan los primeros lugares. En especial a las pequeñas, que son adiestradas en la torteada- echar tortillas-.

Para esta acción, Cindy, nos explica cómo es la técnica del buen tortear: “Para hacer una buena tortilla, se debe restregar bien el maíz hasta que se vea chelito;  se lleva al molino, con el cuidado de que la masa no resulte chanca – grumosa y áspera- . Si queda así, tenemos que pasarla por la piedra de moler para que quede fina y con esto evitamos que  la tortilla no se reviente en el comal”.

Faenas como éstas,  no son las ideales para el desarrollo de la niñez, porque ellas y ellos tienen   el Derecho a la Educación, Salud y al juego; lamentablemente, en El Tránsito son  desplazados por la misma necesidad. Como el caso de Cindy, que  tuvo que desprenderse de su querida  Serafina por entrarle a la actividad doméstica de hacer tortillas.

La Serafina,  era  el más preciado tesoro de esta infante,  quien a los diez años tuvo que despegársela  de sus brazos  por los compromisos del hogar. El nombre de esta muñeca, obedece  a uno de los personajes que vio en la televisión - la Popis  en el Chavo del 8.

Entre ilusiones de maestra, un par de tacos  y unas peticiones para el Presidente

Al igual que Cindy, tenía  que pedirle el consentimiento jurado a María Imelda Aldana Lemus, para contar su historia, ella vive a unos 150 metros del Centro Escolar y frente a la cancha de fútbol. Es la tercera descendiente de  Ana, madre de seis, quien tuvo que sustentar su relato debido que esta joven es de  poca habla.

“Quiero ser profesora de Ciencias, para enseñarles a cuidar nuestro medio ambiente, en especial a los grandes, entiende con una vez que se les explique. Con niños no, cuesta mucho,  no hacen caso y  no tengo paciencia”. Comenta María, quien cumplirá sus 16 años en noviembre.

Opinión que refuerza Ana, su progenitora: “Ella es buena para la estudiada, pero me siento mal por las ilusiones que tiene, nosotros somos pobres y no tenemos para el gasto. Imagínese, no tenemos familia en Tacachico para la quedada- pupilaje-, peor para darle dos dólares diarios de pasaje y a esto, hay que sumarle la comida”

Y prosigue esta cuarentona: “No puedo leer, mis padres no me pusieron y no puedo dejar a mis hijos así. Sin embargo, la pobreza es grande, prestamos para sacar las tres semillitas de maíz y unas de frijol. Con lo poquito que cosechamos… sobrevivimos el año”

La familia Aldana Lemus, presta alrededor de mil dólares, con estos: arrendan la tierra, compran las semillas, fertilizantes y plaguicidas. Cuando cosechan, venden el 70% de la productividad para pagar el interés y la parte del préstamo. Es decir, quedan adeudados para la próxima temporada.

No obstante, la escasez de fondos no es impedimento para que baje la autoestima de María. De pronto, rompe el silencio, tras un vistazo a la cancha de fútbol, comenta: “Soy delantera, hace poco le metimos cuatro goles a un equipo y nos sentimos orgullosas”.

Continúa: “A veces no me prestan los tacos para jugar y tengo que ir en tenis, nos ponemos de acuerdo con el equipo de niñas para ir todas igual.  El problema, es que sólo tengo un par de tenis y si los rompo… no tengo para comprar”

Encuentro futbolístico que dura solo una hora - de tres a cuatro de la tarde - dos veces a la semana y que suspende por las obligaciones que tiene en su hogar. Ella, al igual que Cindy, tiene que lavar la ropa, tortear, hacer el aseo y la comida para toda la familia.

Como María es hábil para cocinar e interpreta su realidad tal como está,  dos de sus grandes aspiraciones al terminar el noveno grado son: “Como no puedo seguir estudiando, quiero trabajar en una casa para cuidar niños, para ayudarle a mi mamá con los gastos de la casa o viajar a Tacachico para poder trabajar en un comedor. Ya preparo  carne asada, pollo, arroz frito, carne de tunco y puedo echar bien las tortillas”.

Continúa: “No puedo llegar a más en mi escuela,  a menos que el Presidente nos ayude con el bachillerato, que se haga la voluntad de Dios y de paso que nos compre  unas computadoras, sólo dos tenemos y se apagan rapidito, no sirve y están muy viejas”.

María y Cindy, son las jóvenes más destacadas del Centro Escolar El Tránsito del municipio de San Pablo Tacachico. Así como ellas, existen más historias que se encuentran al hurgar en  el valle de morros, llenas de necesidades y deseos de superación.  A lo mejor, el futuro de  las  121 familias de este recóndito lugar de El Salvador, puedan superar la pobreza por medio de la educación.

Con la ampliación de esta escuela, ya dimos un paso enorme a nivel interinstitucional por el desarrollo del linaje Quiché. Sin embargo, hay retos que cumplir dentro de este proceso de enseñanza aprendizaje.

Desafíos  para el Alcalde Arístides Alvarado  en gestionar un bachillerato y para el Gobierno en buscar alternativas entre todas sus instancias para que puedan  suplir este tipo de necesidades en este recóndito lugar donde las esmeraldas brotan de los árboles y desde el seno de la comunidad.

 

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El PATI, remoza la Ciudad Heroica.

Pati Santa Ana

Los escenarios y las principales avenidas que un día fueron las estampas musicales de David Granadino, el maestro de los valses y tangos salvadoreños;  esos mismos retablos que también vibraron al son del carbonero del Maestro Pancho Lara, esas fachadas elaboradas con la tierra santaneca y con el zacate cultivado por nuestros antepasados, hoy lucen enaltecidas  y remozas, gracias al Proyecto “Rescate del Centro Histórico de Santa Ana”, a través del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso- PATI.

La primera estampa de la Ciudad Heroica en ser retocada  fue la fachada de la Alcaldía Municipal de Santa Ana, edificación que data de más de un siglo de existencia y que fue desboronada por los terremotos del 2001. Hoy, la descompensación arquitectónica, fue chapeada por participantes PATI.
Este proyecto, es ejecutado tras una simbiosis entre el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL-, La Dirección Nacional de Patrimonio Cultural de la Secretaría de Cultura de la Presidencia, la Municipalidad, propietarios de los inmuebles y los empresarios de la heroica.

Para el maquillaje de este Centro Histórico,  se contempla una inversión de más de 58 mil dólares, con 40 participantes PATI, distribuidos en partes iguales en los proyectos: Mejoramiento de la imagen urbana y  actualización de perfiles urbanos.

El primer equipo de participantes  denominados  Brigada “A”,  responsables de la medición de fachadas, toma de fotografía y llenado de ficha con las características de los  inmuebles. Además, son los responsables de la digitación de la información e las imágenes de una superficie de 150 manzanas que comprende el Centro Histórico.

Las actividades de la Brigada “B” consisten en el remozamiento de fachadas y contemplan el proceso de liberación excesiva de rotulación, resanes de fisuras y aplicación de pintura en paredes. Esta última acción, con apoyo de especialistas de SECULTURA y propietarios de los inmuebles, quienes aprobaron esta iniciativa.

Las personas que participan en el PATI, recibieron un programa de capacitación sobre la sensibilización del valor del Centro Histórico de la Ciudad de Santa Ana y la necesidad de recuperarlo; abordando temas  de patrimonio cultural, bienes tangible e intangible, imágenes de recuperación y protección en otras ciudades, entre otros.

Esta sinergia institucional entre las municipalidad, FISDL, SECULTURA, propietarios y empresarios, contribuye a eliminar los altos niveles de contaminación visual por la excesiva rotulación y  a visibilizar el patrimonio edificado del Centro Histórico.

El maquillaje de las viejas paredes de la Heroica, están siendo respetadas por las personas que participan en el PATI, según una  Ordenanza Municipal,  que tiene como fin regular la rotulación y señalización del Centro Histórico, y a la vez dar una propuesta de señalética, así como del uso del color con base a una cartilla o paleta cromática.

Las personas participantes en el PATI, tienen dentro de sus alcances recuperar las fachadas de la Casa de la Cultura, Teatro Nacional y Casino Santaneco. A cambio, se les entrega  de manera individual la cantidad de US$100 mensuales durante seis meses y están siendo formados en sensibilidad cultural y aplicación de técnicas para el curado del patrimonio cultural; conocimientos útiles  para ser replicados en otros municipios e insertarse a vida productiva o crear su propio negocio.

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Ahora sí hemos sentido el apoyo, nos escucharon y ya tenemos electricidad

Claudia Beatriz orgullosa de haber trabajado por su familia y su comunidad

Santo Tomás, 21 de febrero de 2011. "Mi comunidad está cambiando. El primer día que tuvimos electricidad ya veníamos de noche con mis papás y nos quedamos parados viendo que todas las casitas tenían luz y sentí un gran alivio y me dije _ hoy si ya todos pueden estar satisfechos igual que yo me siento".

Sus ojos brillaban y era de las personas más sonrientes en el acto de inauguración. Claudia Beatriz Vásquez Castro, con 21 años de edad, formó parte del Comité de jóvenes que impulsó y gestionó el proyecto de electrificación en el cantón El Carmen Nº1, jurisdicción de Santo Tomás, departamento de San Salvador.

A partir de enero la joven estudiante de tercer año de Licenciatura en Computación, ya puede hacer tareas en casa o disfrutar de una película junto a su familia.

“Mi hermana me compró una computadora (portátil) y tenía que andar prestando dónde cargarla. Ahora ya se llegan las dos de la madrugada y yo haciendo tareas”, dice Claudia, emocionada.

La computación ahora es su pasión y motor de su sacrificio, pues la zona en la que vive junto a su familia es rural y de difícil acceso; sus clases terminan a las ocho de la noche y sus padres tienen que esperarla para regresar juntos a casa.

“Yo quise estudiar licenciatura en computación porque mi mamá me mandó a un curso cuando estaba en octavo grado, pero yo no sabía lo que era una computadora y allí fue donde me gustó la computación. Cuando iba a bachillerato les ayudaba a mis compañeros a hacer tareas y cuando me gradué yo quise estudiar eso. No tenía computadora y tenía que hacer tareas en el “ciber”. Siempre me ha gustado entregar mis trabajos bien hechos porque me gusta ser ordenada”, expresó Claudia.

Su madre, María de Jesús Castro de Vásquez, se siente orgullosa de sus hijos e hijas y reconoce que la dinámica familiar ha cambiado positivamente, ahora que cuentan con electricidad en casa.

“El cambio en nuestra vida ha sido bastante. Tenemos tres hijos que estudian, el pequeño que estudia en la tarde, sale a las seis y a esa hora comienza a hacer sus tareas porque a esa hora están las hermanas que les ayudan. En tiempos anteriores usábamos candelas y candil de gas y forzaban la vista para leer. Hoy no, ya nosotros venimos a hacer tareas, comemos juntos y ese es el beneficio más grande como madre. Mis hijos hacen sus trabajos y vemos películas”, comenta María.

Para Mario Ezequiel Vásquez Candelario, padre de Claudia, el ahorro de dinero y mayor  seguridad de su familia,  son ahora una realidad.

“La electricidad viene a contribuir más a la comunidad, a los ancianos que ya casi no ven, les costaba; incluso a uno en lo oscuro le cuesta arreglar algo y nos ha venido a ayudar bastante en la familia.  Vemos las misas y los partidos de fútbol. Además, se gasta menos en candelas y gas.  Ya no hay peligro de que se deje encendida una vela y se queme la casa”, dijo Mario.

La familia recuerda con tristeza el percance que tuvieron en casa por dejar una vela encendida. Agradecen a Dios que no haya pasado a más.

“Mis hijas habían dejado una vela en la mesa y por poco y se incendia todo porque agarró fuego. Fue un gran susto”, relata María.

Los fondos para ejecutar este proyecto provienen de FISDL, FINET (Fondo de Inversión Nacional en Electricidad y Telefonía) y Gobierno Municipal de Santo Tomás. La inversión asciende a US $ 71,585.73.

Los 2,700 metros de tendido eléctrico ha significado que queden atrás lo días en que los hogares del cantón El Carmen I utilizaban fuentes de energía que resultaban perjudiciales para su salud y el medio ambiente.

Contar con electricidad provocan cambios positivos en una comunidad, en tanto las familias puedan ingresar a un proceso productivo y salir de la exclusión en la viven por la falta de servicios básicos.

El alcalde Municipal, Benjamín Ramos Franco, destaca el avance que ha significado la ejecución del proyecto en El Carmen Nº1.

“La comunidad miraba lejos el proceso, pero el FISDL nos apoyó. Teníamos un 15% de áreas sin electrificar y ahora ya estamos superando ese porcentaje” manifestó el Edil.

INVERSIÓN TOTAL

  • US $ 71,585.73

Aportes:

  • Gobierno Municipal: US$29,264.51
  • FISDL: US$32,922.59
  • FINET: US$10,974.10

43 FAMILIAS BENEFICIADAS

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La señorita Cuenca y la perseverancia de El Tigre

La señorita Cuenca ha impartido clases durante 11 años a estudiantes  de Parvularia. En la actualidad atiende un grupo de 24 en El Tigre

Imponente y con más de una grieta en sus columnas, por lo añejo en su infraestructura, así luce El Arco Durán, coloso con más de cien años y cuatro décadas de existencia, se encuentra a 100 kilómetros de San Salvador y fue el primero en cedernos el paso para llegar al Centro Escolar cantón El Tigre del municipio de Ahuachapán, donde sus alumnas y alumnos, estrenaría nuevas salas para recibir sus clases y otras obras de utilidad para los docentes.

No está demás decir que para llegar a este Centro, El Arco Durán era la principal ubicación. Sin embargo, había que ahondarnos por una serpiente de polvo y piedra por media hora más, justo 12 kilómetros, de esos que los abuelos dicen… son contados por el diablo.

Por fin llegamos a la cola de aquella víbora de barro y piedra, una inclinación de dos metros y medio de concreto nos recibía. Un portón corroído por el tiempo y elaborado de malla ciclón daba obertura a la trama de Nora Carolina Cuenca y la niñez que con regocijo festejaban este 23 de febrero, la inauguración de obras del Centro Escolar.

 

Las sonrisas estaban por doquier, niños armados con escobas y carretas se veían, estaban sacándole lustre al barro y pepenando las hojas secas de los árboles, mientras otros jóvenes, los más inquietos por cierto, gritaban y espantaban a las menores más temerosas con un arácnido del tamaño del puño de una mano.

En El Salvador, esta animalita es conocida como araña de caballo. Según cuentan los pobladores de El Tigre, muerden y orinan los cascos –patas– de los caballos, produciéndoles una infección que hace que se les caigan. Es decir, quedan cojos de por vida.

La arácnida salió de su madriguera, debido a que ésta había sido invadida por los estudiantes, no por maldad, sino porque justo en ese lugar se plantaría un Maquilishuat, un árbol que es el símbolo de las relaciones amistosas entre Japón y El Salvador.

No era para menos plantar este árbol, las nuevas inquilinas –dos aulas– habían sido financiadas por el Gobierno de Japón con una inversión de más de 80 mil dólares, una contrapartida de la municipalidad de 4 mil dólares y la asistencia técnica por parte del Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local FISDL.

La señorita Cuenca, mi profe…

Después de algunas carcajadas y uno que otro susto ocasionado por la araña, pregunté a uno de los infantes: ¿quién es su profesora? De inmediato, aquella minúscula vocecilla me respondió: ¡Se llama señorita Norma Cuenca, mi profe…!

Me hizo una indicación con el índice, el dedo que muchas personas utilizan para señalar a otros. De pronto, alzo la voz, ¡esta por allá señor, en el aula! La encontré con unos libros, de esos que tienen figuras sin colorear y una pared tapizada con todos los nombres de las niñas y los niños que atendía.

“Gracias José”, le dijo la señorita Cuenca al menor que me acompañaba. Mientras tanto apoyaba sus manos en un escritorio rústico, de aquellos antiguos elaborados de cedro o laurel y haciéndole un segundo llamado ¡Ahora puede ir a jugar!

José, forma parte de los 23 infantes que estudian Parvularia en el cantón El Tigre. De esta población estudiantil 13 son niñas y el resto niños.

La señorita Cuenca, con más de tres décadas de edad, es de tez trigueña, ojos café y de estatura media (1.50 mts), que de entrada, dan ganas de recibir clases con ella, es amable y tiene una cualidad para dirigir, e induce a las personas a que se sientan cómodas en su sala de clases, es más, hasta hizo que me sentara en uno de aquellos diminuto pupitres- sillas de apenas 25 centímetros.

Acomodados en aquellas butacas minúsculas, descorrimos el telón de la historia del Centro Escolar, que esta erguido desde 1972 y que fue el lugar donde la señorita Cuenca empezó a nadar en las letras.

“Yo nací aquí en El Tigre, estudie en esta escuela, mi maestra era la niña Lety (Leticia), no recuerdo su apellido, pero trabaja en Ahuachapán, aun tengo grabadas sus palabras: supérense para sacar adelante el cantón, de ustedes depende”. Comenta, la señorita Cuenca.

A lo que secunda, “Para mi orgullo, en el aula donde doy clases, es la misma donde me forme en mi infancia, le tengo mucho aprecio a este Centro Escolar, a toda la gente, en especial a las niñas y niños, son mi vida”.

La Profesora Nora Cuenca, hizo de aquel momento un espacio muy íntimo, donde el baúl de los recuerdos afloró y donde la piel se enchina al rememorar lo deplorable que eran las instalaciones de su escuela y el cambió que había tenido con el pasar del tiempo.

“Recuerdo que sólo era cajón partido en tres, allí recibíamos las clases, era hasta sexto grado, después nos tocaba ir hasta Ahuachapán para poder continuar. En mis años mozos, me tocaba saltarme el cerco, mi casa estaba a la par de la escuela”, expone Cuenca.

A lo que hilvana: “Hoy mi escuela se ve bonita, gracias al apoyo de Japón, la Alcaldía Municipal, FISDL y todas las personas que nos involucramos en el proyecto. Ahora, solo falta, que nos apoyen con la reparación del techo de los salones viejos, que ya se aproxima el invierno y se pueden mojar mis niños”.

Pero, para ver bien maquillada la escuela, no fue tarea fácil, desde el año 2001, todo el cuerpo docente, iniciaron las gestiones de la reconstrucción, producto de los daños recibidos por los terremotos. “Lo único que recibimos fue unas cuantas láminas y con estas nos hicieron los salones de clases, que no solventaban la necesidad porque deshidrataban a la población estudiantil”, expone Cuenca.

Continúa, “Hoy la cosa ha cambiado, así debería de trabajar las instituciones, unidas y con apoyo de la cooperación internacional, de esa forma se desarrollan los pueblos y los resultados se ven de inmediato, antes teníamos una 60 u 80 estudiantes, hoy tenemos 159, y esto nos ha permitido ampliar la atención educativa hasta Tercer Ciclo”.

La señorita Cuenca, tiene 15 años de laborar en el Centro Escolar cantón El Tigre, ha visto todas las iniciativas fallidas por mejorar las instalaciones de su escuela y las juntas de padres decepcionadas, al no ser escuchadas, ante el derecho a la educación que tienes sus vástagos.

Ahora, la perseverancia de El Tigre ha dado frutos. El proyecto financiado por Japón, les dotó de mejores y ampliadas instalaciones que contemplan: dos aulas, una media dirección, una cocina, servicios sanitarios (4 servicios y 1 lavamanos) con una fosa séptica y un pozo de absorción, instalación de defensas y vidrios en las ventanas de las aulas existentes.

El rol del FISDL, consistió en monitorear y dar seguimiento a la ejecución de la obra, y tiene un gran compromiso: velar y entregar las herramientas de calidad necesarias para reducir la pobreza en El Salvador.

Detalle de la población estudiantil del Centro Escolar cantón El Tigre

  • Parvularia: 13 niñas y 11 niños.
  • Primer ciclo:  16 niñas y 22 niños.
  • Segundo ciclo:  31 niñas y 28 niños.
  • Tercer ciclo:  15 niñas y 23 niños.

    Total: 75 niñas y 84 niños.
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