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En el valle de morros, florece el conocimiento desde hace cinco décadas - Segunda parte

  • Escrito por Oscar Girón
  • Categoría: Educación
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Cindy

El potrero que un día agarró Cecibel, ya luce diferente; nada más, bastaba darle una abonada interinstitucional  al cantón El Tránsito, donde interactuaron la comunidad, la municipalidad, el Ministerio de Educación y desde luego, el Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local- FISDL- afianzado de la confianza de la Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo- AECID-.


No está de más decir, que se respondió a las necesidades del linaje de los Mayas Quichés. Quienes fueron humillados por la  voraz  IDA, una tormenta que hace  año y medio, se tragó El Salvador en apenas dos días.


En este valle de morros, las lágrimas del cielo inundaron todo,  extinguiendo toda la producción agrícola, pariendo un sinfín de  enfermedades  y dejando a ras de piso  toda edificación, hasta las  pudientes. Como la Escuela, que  a luz del desarrollo, era la más prominente del lugar y dejaba sin el alimento de las letras a más de doscientas almas.


El termómetro fue  puesto en la Escuela,  la temperatura pasaba de los 41ºC  y había que suministrarle uno de los medicamentos más efectivos para contrarrestar  su convulsión. El brebaje para este mal, posee un compuesto  de sabiduría, buena voluntad, sinergia interinstitucional y el elemento clave, el trabajo participativo de la comunidad, que fue regido por el Alcalde Municipal de San Pablo Tacachico, Don Arístides Alvarado.


Don Arístides, gestionó los fondos ante el FISDL y fueron más de 135 mil dólares proporcionados por la AECID. Monto que sirvió para la reconstrucción de los techos, instalación de cielo falso, pavimentación de pasillos, muros de piedra, canaletas, cancha de baloncesto, entre otras obras  para beneficio de la población estudiantil, que supera las doscientas personas.


Hoy, los pupitres hechos de tablones, los servicios de fosa y las grietas de barro que un día pisaron la generación de los ochenta (hijas e hijos de combatientes) han desaparecido, ya tienen agua, energía eléctrica, servicios sanitarios de lavar y lo principal de todo…más maestras y maestros. Sin embargo, aún quedan memorias y necesidades, como lo expresa su actual directora y dos de sus alumnas.

Una escuela bella, con historias de amor  y carestías

“Ingresé en 1994, era la única plaza que existía, cuando llegué, sólo había un pabellón con cinco salones y los baños eran de fosa;  lo preocupante,  era en el tiempo de invierno,  los techos estaban dañados y el agua entraba por todos lados. A esto,  se sumaba la cantidad de barro que entrabamos a las aulas”. Comenta María Ana Andrade, directora del Centro Escolar.

Esta unionense de ojos zarcos (verdes con amarillo), relata: “Tenía que caminar mucho, viajaba todos los domingos a la comunidad y nos acomodábamos en diferentes viviendas - todavía es así- para no viajar todos los días”.

Entre sollozos, a la directora se le escapa una risa pícara, como queriendo despejar de su garganta una historia que para los oídos de aquellos  ajenos a la comunidad- visitantes-  puede ser un delito o un impulso de amor producto del encanto del valle de los morros.

Con un poco de timidez y sigilo, logró despejar su garganta para decir: “Aquí encontré mi primer amor, en la casa donde me dieron abrigo al venir por primera vez.  El Tránsito me atrapó, tengo catorce años de casada y dos hijos. Este es mi hogar, por eso amo a la gente de este cantón y me preocupo cuando faltan cosas para mejorar la educación”.

A lo que secunda: “Por el momento, tenemos hasta noveno grado, ya son 10 promociones las que hemos graduado. Pero de esta población estudiantil, sólo una persona sale a estudiar bachillerato, el resto se quedan para sembrar sandía o hacer la milpa. En el caso de las niñas, se queda para ser mamás o se van como domésticas a las zonas urbanas”.

De pronto  los  ojos de la directora se convierten en mares; no es para menos, la mayoría de las jóvenes que cursan su noveno grado rondan los 15 o 16 años, sin esperanza de mejorar los niveles de vida y su única formación académica queda en el olvido al convertirse en amas de casa. Por no tener otra cosa que hacer.

“Entre mayor educación tengamos,  mejores oportunidades tendrán las personas de este cantón para salir de la pobreza, en espacial para las niñas.  Por eso hago un llamado a todas las autoridades, para que puedan apoyarnos con la construcción del bachillerato, carecemos de este derecho a la educación, porque tenemos espacio para hacerlo y el personal para atenderlo”. Puntualiza, esta fémina de 37 años y profesora en Ciencia Sociales, graduada de la Universidad de El Salvador.

Yo seré  doctora cuando crezca

Antes de iniciar el relato de Cindy, una joven visionaria del cantón El Tránsito, le pedí el consentimiento jurado para exponer su experiencia. Donde ella, por ser menor de edad, me autorizó de forma oral publicar su historia. Narrativa que muestra cómo la pobreza  podría superarse, si aprendemos a escuchar a las personas más necesitadas.

“Yo soy mala para las matemáticas, pero tengo algo bien claro, cuando sea grande quiero ser Doctora, para ayudarle a las personas de mi cantón. Porque el conocimiento que uno tiene, debe ser aprovecharlo al máximo para servir a los demás”.  Cuenta, Cindy Tejada, estudiante del noveno grado, con metro y medio de estatura y dueña de una cabellera lacia color madera.

Esta lozana tacachiquense que ronda los 16 años, es más despierta que  una joven de la urbe –más viva, como es el decir popular- , a su corta edad, ya tiene lauros a nivel académico, sólo diplomas al mérito posee; no es para menos, siempre ha obtenido  el primer lugar en su escuela. Conquistas que ha colocado en  la pared de honor de su hogar.

Pared que está elaborada por varias barras de bambú, unas láminas corroídas y maniatadas con alambre,  que se esconden debajo de un plástico blanco con pascuas y otro de color celeste con estampas de gajos de uvas y manzanas.

Sin embargo, la abundancia de sus logros compite con el exceso de necesidades. Ella y su familia, sobreviven de lo poco que su madre lleva al hogar, que está compuesto por ocho personas (tres hermanas más y tres hermanos). El padre, un agricultor que  se encuentra ausente de las necesidades básicas de la casa.

La casa de Cindy es similar a la de muchas familias que se encuentran en condición de pobreza en  El Salvador, donde se les cuela la lluvia por todos lados y las paredes están montadas con horcones podridos, barras de castilla recubiertas con plástico y láminas perforadas.

A esta precariedad, se le suma las obligaciones de lavar y preparar los alimentos a su estirpe, quienes desde que están en Parvularia ocupan los primeros lugares. En especial a las pequeñas, que son adiestradas en la torteada- echar tortillas-.

Para esta acción, Cindy, nos explica cómo es la técnica del buen tortear: “Para hacer una buena tortilla, se debe restregar bien el maíz hasta que se vea chelito;  se lleva al molino, con el cuidado de que la masa no resulte chanca – grumosa y áspera- . Si queda así, tenemos que pasarla por la piedra de moler para que quede fina y con esto evitamos que  la tortilla no se reviente en el comal”.

Faenas como éstas,  no son las ideales para el desarrollo de la niñez, porque ellas y ellos tienen   el Derecho a la Educación, Salud y al juego; lamentablemente, en El Tránsito son  desplazados por la misma necesidad. Como el caso de Cindy, que  tuvo que desprenderse de su querida  Serafina por entrarle a la actividad doméstica de hacer tortillas.

La Serafina,  era  el más preciado tesoro de esta infante,  quien a los diez años tuvo que despegársela  de sus brazos  por los compromisos del hogar. El nombre de esta muñeca, obedece  a uno de los personajes que vio en la televisión - la Popis  en el Chavo del 8.

Entre ilusiones de maestra, un par de tacos  y unas peticiones para el Presidente

Al igual que Cindy, tenía  que pedirle el consentimiento jurado a María Imelda Aldana Lemus, para contar su historia, ella vive a unos 150 metros del Centro Escolar y frente a la cancha de fútbol. Es la tercera descendiente de  Ana, madre de seis, quien tuvo que sustentar su relato debido que esta joven es de  poca habla.

“Quiero ser profesora de Ciencias, para enseñarles a cuidar nuestro medio ambiente, en especial a los grandes, entiende con una vez que se les explique. Con niños no, cuesta mucho,  no hacen caso y  no tengo paciencia”. Comenta María, quien cumplirá sus 16 años en noviembre.

Opinión que refuerza Ana, su progenitora: “Ella es buena para la estudiada, pero me siento mal por las ilusiones que tiene, nosotros somos pobres y no tenemos para el gasto. Imagínese, no tenemos familia en Tacachico para la quedada- pupilaje-, peor para darle dos dólares diarios de pasaje y a esto, hay que sumarle la comida”

Y prosigue esta cuarentona: “No puedo leer, mis padres no me pusieron y no puedo dejar a mis hijos así. Sin embargo, la pobreza es grande, prestamos para sacar las tres semillitas de maíz y unas de frijol. Con lo poquito que cosechamos… sobrevivimos el año”

La familia Aldana Lemus, presta alrededor de mil dólares, con estos: arrendan la tierra, compran las semillas, fertilizantes y plaguicidas. Cuando cosechan, venden el 70% de la productividad para pagar el interés y la parte del préstamo. Es decir, quedan adeudados para la próxima temporada.

No obstante, la escasez de fondos no es impedimento para que baje la autoestima de María. De pronto, rompe el silencio, tras un vistazo a la cancha de fútbol, comenta: “Soy delantera, hace poco le metimos cuatro goles a un equipo y nos sentimos orgullosas”.

Continúa: “A veces no me prestan los tacos para jugar y tengo que ir en tenis, nos ponemos de acuerdo con el equipo de niñas para ir todas igual.  El problema, es que sólo tengo un par de tenis y si los rompo… no tengo para comprar”

Encuentro futbolístico que dura solo una hora - de tres a cuatro de la tarde - dos veces a la semana y que suspende por las obligaciones que tiene en su hogar. Ella, al igual que Cindy, tiene que lavar la ropa, tortear, hacer el aseo y la comida para toda la familia.

Como María es hábil para cocinar e interpreta su realidad tal como está,  dos de sus grandes aspiraciones al terminar el noveno grado son: “Como no puedo seguir estudiando, quiero trabajar en una casa para cuidar niños, para ayudarle a mi mamá con los gastos de la casa o viajar a Tacachico para poder trabajar en un comedor. Ya preparo  carne asada, pollo, arroz frito, carne de tunco y puedo echar bien las tortillas”.

Continúa: “No puedo llegar a más en mi escuela,  a menos que el Presidente nos ayude con el bachillerato, que se haga la voluntad de Dios y de paso que nos compre  unas computadoras, sólo dos tenemos y se apagan rapidito, no sirve y están muy viejas”.

María y Cindy, son las jóvenes más destacadas del Centro Escolar El Tránsito del municipio de San Pablo Tacachico. Así como ellas, existen más historias que se encuentran al hurgar en  el valle de morros, llenas de necesidades y deseos de superación.  A lo mejor, el futuro de  las  121 familias de este recóndito lugar de El Salvador, puedan superar la pobreza por medio de la educación.

Con la ampliación de esta escuela, ya dimos un paso enorme a nivel interinstitucional por el desarrollo del linaje Quiché. Sin embargo, hay retos que cumplir dentro de este proceso de enseñanza aprendizaje.

Desafíos  para el Alcalde Arístides Alvarado  en gestionar un bachillerato y para el Gobierno en buscar alternativas entre todas sus instancias para que puedan  suplir este tipo de necesidades en este recóndito lugar donde las esmeraldas brotan de los árboles y desde el seno de la comunidad.

 

En el valle de morros, florece el conocimiento desde hace cinco décadas - Primera parte

  • Escrito por Oscar Girón
  • Categoría: Educación
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Escuela El Tránsito, Tacachico

En un recóndito lugar de origen precolombino, situado en las cercanías de San Juan Opico, donde hace 1400 años los antiguos  moradores adoraban la tierra, veneraban el sol y la luna. Allí, se enaltece el Centro Escolar Cantón El Tránsito, un foco del saber que resurge de las cenizas después de estar en el olvido y que en su interior, preserva una memoria de incidencia política, amor y pasión por la educación.

El Cantón El Tránsito, se encuentra erguido en el municipio de Tacachico ubicado en el departamento de La Libertad, a dos horas de distancia de la capital- San Salvador. Es decir, un aproximado de 75 a 80 kilómetros.

Para llegar a este Cantón olvidado de la urbe y el traqueteo de los motores, similar al Macondo que narra el colombiano García Márquez en su obra  Cien años de Soledad, se tiene que pasar caminos quebrados y ásperos.

La boca de la serpiente de polvo inicia en la Colonia El Rosario de Tacachico, rumbo a Valle Mesa y son más de 30 minutos que se tienen que recorrer por este coral de barro  que cruza la llanura de los Pokomanes y  los Chortis de la familia Maya Quiché.  No es para menos, este Cantón se encuentra en la sien de los centros arqueológicos del país, Joya de Cerén y Ruinas de San Andrés.

Conforme irrumpimos en esta sierpe de polvo y llegamos a su panza, nos encontramos en un mundo adornado de esféricas y ovaladas pelotas verdes que aparecen de unas raquíticas ramas. Uno se pregunta cómo es que aparecen esos bultos de un árbol que no tiene hojas.

Su pobreza en follajes es visible, como que si un pelotón de  hormigas y zompopos hubieran satisfecho su paladar durante esta época donde el cielo tira sus primeras lágrimas. En El Salvador, estos árboles pelones y sus frutos son conocidos como morros.

Frutos que nuestra familia Maya Quiché utilizó para elaborar utensilios del hogar desde platos, cucharones, huacales para tomar los atoles y satisfacer la sed con la elaboración de la bebida horchata. Esta última,  se fabrica de la semilla de este esférico que nace en las costillas y ramas de los arbustos que pese a ser calvos, están dotado de hermosura. Cargados de esmeraldas nacidas en el reino vegetal.

Bajo la sombra de una dictadura militar derrocada

Tras cruza la barriga de este coral de tierra, llegamos al Cantón El Tránsito, que al igual que las plantaciones de morro, en su casco urbano, cuelgan  más de 121 familias en condiciones de pobreza y que sobreviven de lo poco que le rascan a la tierra.

Los primeros  en recibirnos fueron una empinada polvosa de tres metros de ancho y unos cuantos pick up que son utilizados para el transporte público. No está más decir, que el Centro Escolar es prácticamente la terminal de la zona.

Por fin,  llegamos al portón principal, donde yace en su interior  la prominente escuela que hoy luce remozada y que tiene sus orígenes desde 1956-1962, época del Presidente José María Lemus. Aunque irónico, su gestión se enmarca en un contexto plagado de torturas, injusticia social, caída de los precios del café y la multiplicación de los movimientos de obreros. Que dieron paso al  derrocamiento del militar el 26 de octubre de 1960.

Es más, este centro del saber, es como un eslabón perdido en una sociedad donde el binomio imperfecto era el Estado y la educación. Muestra de esta disparidad, se palpa  tras el derrocamiento de Lemus, período donde fue  liberado el prominente poeta Roque Dalton, que por amor a las letras y a las fuertes críticas reflejas con su pluma, había perdido el  privilegio de su libertad.

Esta escuela que nace bajo la sombra del Presidente Lemus, creció  en el corazón  de un potrero gracias al Instituto de Colonización Rural (ICR), hoy Instituto Salvadoreño de Transformación Agraria (ISTA),  y sus  únicas armas eran  cuatro aulas, un pequeño corredor y unos recipientes para resguardar el vital líquido que los estudiantes consumían en el recreo.

Al compás del olvido,  la ofensiva y la clandestinidad

Después de dos décadas del derrocamiento del Presidente Lemus (década de los 80), las bancas que recibieron a los jóvenes lugareños desaparecieron producto de las revueltas civiles que pasaron de la urbe al campo. Conflicto armado que produjo un estancamiento de la educación.

La escuela de El Transito estaba en cuidados intensivos, agonizaba  producto de un cáncer terminal de balas y truenos que obligaban a  jóvenes dejar sus estudios por agarrar un machete o una cuma para alimentar a las familias. Esto, debido a que la mayoría de los adultos migraban por temor a ser confundidos entre uno y otro bando. Era la época de la clandestinidad y el miedo.

“Era mi primer trabajo, me habían nombrado como maestra de una escuela abandonada, parecía un potrero  la pobre. Me tocó organizar a las familias y hacerles conciencia  que tenían que mandar a los niños y a las niñas a clases” comenta Cecibel de Panameño.

A lo que secunda: “Vine en 1986, como era la única maestra, sólo pude dar apertura al  primero y segundo grado, inicié con  120 estudiantes en dos turnos (mañana y tarde), quienes se acomodaban en tablones, mesas y sillas hechas con pita. Todo, lo  traían de sus casas”

Esta fémina oriunda de San Juan Opico, relata  que le tocó vivir en el cantón por más de dos años, no tuvo problemas de amenazan mientras daba clases. Es más, tenía estudiantes que sus padres  formaban parte del ejército o de alguna milicia popular, quienes descuidaron la tierra por irse al campo de batalla, heredando la rascada de la tierra a sus hijos.

“Era un problema gravísimo en este cantón, no sabían leer y escribir; los muchachos de primer grado tenía 16 y 18 años, estaban descuidados por ir a cultivar. Las niñas por el contrario, a temprana edad eran mamás”.  Comenta Cecibel, con dos lagunas reflejadas en sus ojos.

Continua: “Después de 25 años, me siento orgullosa haber rescatado esta escuela, el potrero que recibí, ya no lo veo. Hoy  lucen hermosas las aulas, con ladrillo de piso, energía eléctrica y agua; no me va a creer, pero en época de guerra sólo dos cántaros con agua me daban para la semana y con ésta…también me bañaba”

Cecibel de Panameño de 45 años, hoy es maestra del Centro Escolar Casto  Valladares de San Juan Opico y regresó a El Tránsito - mayo- para celebrar la inauguración de la ampliación de la escuela, que fue financiada por Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo como parte del Programa Comunidades Solidarias,  ejecutado por Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local – FISDL. Ella, estuvo por dos años en este centro educativo y por quebrantos de salud, salió del cantón.

 

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