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Las pinceladas de Mowgly embellecen a Guadalupe

  • Escrito por Óscar Girón
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Al pie del Chinchontepec, un volcán que se encuentra erguido en las tierras pertenecientes al departamento de San Vicente. Allí, en las faldas de este gigante de más de dos mil metros de altura está incrustado Guadalupe, un municipio que ha sido golpeado por los fenómenos naturales ocasionándoles serios desastres, y hoy, desde las sienes de la pobreza, sacan a luz pública un gran tesoro… su gente.

Y parte de este capital humano que sobrepasan los ocho mil, se encuentra José Mauricio Escobar, un joven humilde de complexión delgada, con más de metro y medio de estatura y dueño de una cabellera larga que sujeta una cola de macho.

Este muchacho, es conocido en Guadalupe como Mowgly, sobrenombre impuesto por sus amigos de infancia, quienes no podían pronunciar bien su nombre. Por tal razón, este bautizo artístico de niñez le ha caído como anillo al dedo por las multifacéticas actividades que realiza en el Municipio.

Las acciones que realiza Mowgly para llevar el sustento a su hogar, van desde reparador de bicicletas, técnico en electrónica y computación, animador de fiestas (disc-jockey) y muralista. Esta última función, la realiza a través del Programa de Apoyo Temporal al Ingreso (PATI), que contempla una inversión de US$ 14 millones otorgados por el pueblo de los Estados Unidos de América, a través de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (USAID).

El Fondo de Inversión Social para el Desarrollo Local – FISDL - es el responsable de la administración del Programa y con estos fondos donados, atiende las demandas de ingreso de las personas pobres. Esta donación, es un apoyo ante la crisis financiera mundial y el IDA particularmente afectó 11 municipios y dentro de estos se encuentra Guadalupe.

A la larga, este apoyo del pueblo de los Estados Unidos, beneficiará a más de 16 mil personas, entre ellas y ellos, jóvenes entre 16 y 24 años, y mujeres jefas de hogar; que no estén empleadas ni estudiando en el sistema educativo. Mauricio, es una de estas personas.

El PATI, le garantiza a este Mowgly la cantidad de US$100 mensuales durante seis meses, que luego de un proceso de inscripción y selección de acuerdo a criterios de pobreza y vulnerabilidad, fue incorporado al mismo; apoyo que es condicionado a su participación en la ejecución de proyectos comunitarios y en cursos de capacitación.

Murales con sentimiento

Este Programa, contempla en Guadalupe la ejecución de seis proyectos, entre ellos: La reparación de caminos vecinales, rotulación de nomenclatura, restitución de pintura y pintado de murales artesanales en paredes exteriores y la construcción de cordones, cunetas y badenes en área urbana.

Mauricio, con 25 años de edad, pertenece al proyecto de restitución de pintura, y en este, participa junto a 47 jóvenes más, que forman la cuadrilla de muralistas que embellecen el casco urbano con detalles religiosos, tradiciones populares, figuras de animales, medioambientales y otros que estampan la realidad social del municipio.

Las manos prodigiosas de Mowgly a diario cargan una cubeta plástica, que en su interior resguarda diez botellas de diferentes colores que al ser mezclados y barridos en las paredes por las diminutas brochas -pinceles- hacen rememorar lo que fue el municipio de Guadalupe antes de los desastres. Pero también, estas pinceladas tienen cierta perspicacia y contenido de denuncia. Quien sostiene un primer encuentro con sus obras, dibuja en las neuronas emociones y sentimientos.

Las escobillas de Mowgly han tocado las paredes de la clínica y las casas de sus vecinos, en estas ha trazado portales, iglesias, ilustraciones de conservación del medio ambiente y el último que estaba estampando, lo hacía en un expendido de agua ardiente- una cantina- . Esta obra, muestra cómo Jesucristo toma del vientre y hombro a un hombre que ha sido desahuciado y que lo ha perdido todo, producto del alcohol.

“Ya tenía conocimientos en dibujo. Pero, gracias a los talleres impartidos por el Programa, lo aprendí en dos semanas, ya tengo un trabajo para llevar unos centavitos a la casa y aporto en la comprar de los frijolitos; no puedo salir lejos del pueblo por la avanzada edad que tiene mi mamá. Quién más se quedaría con ella al faltar yo”, comenta Mauricio.

Continua: “La pintura me saca de este mundo, olvido las penas y todos los problemas. Por eso, lo que hago, lo pinto con sentimiento, para estar en las mentes de las personas, por eso… impongo mi estilo. Aquí aprendí bien la técnica de mezclar y degradar los colores, para embellecer Guadalupe y darle un toque especial”.

Memorias de la mamá Chus

Las habilidades de Mauricio no son tan nuevas, según Teresa de Jesús Amaya, una fémina que sobrepasa las ocho décadas, de tez canela y agrietada por el tiempo, pero suave como la piel de un durazno. Evoca: “Mi hijo es el peón de casa, desde pequeño era juguetón y travieso, hacia muchos dibujos. Siempre me decía, ¡deme un mapis mamá!, cuando quería un lápiz”.

A lo que secunda: “Era bien listo, en primer grado – seis años – pintaba los morros y les ponía unas bolitas de lana, al terminarlos quedaba unos payasos bien bonitos, su maestra bien contenta. Y no sólo eso hacía, también con las cajas de café listo elaboraba piñatas”.

“Desde niño todo desarmaba y armaba, recuerdo que un día le regalaron una bicicleta toda podrida y la levantó, luego aprendió el oficio de repararlas, así fue como ganó sus primeros centavitos”, dice doña Teresa.

Aunque del baúl de los recuerdos salían historias por doquier, doña Teresa calló por unos instantes, para agarrar impulso y fuerzas, sus ojos empezaron a lloviznar para decir: “A Mauricio, yo lo crié desde los dos años, su mamá se fue a tomar otro hogar, desde pequeño lo tengo, lo amo y lo quiero como si lo hubiera procreado. Ambos nos cuidamos”.

Mowgly, le toma la mano, la abraza y con dos lagunas en los ojos, responde: “Ella es mi madre, me ha criado. Si no fuera por mi mamá Chus, no sé donde estuviera. Ella es la razón de mi existir, por eso me preocupo y no quiero dejarla sola”.

De pronto, la mamá Chus, recuperada de esta estampa de la vida, saca del baúl de los recuerdos otra historia de Mauricio: “Mi hijo desde pequeño era finito, jugaba de sembrar y de armar cosas. En una ocasión, un muchacho le hizo una carreta con dos palitos, unas ruedas y unos mecates. Vino él -Mauricio-, le puso dos trozos de bambú y dos sillas… la hizo caminar”

“Pero no crea que todo es bonito, cuando se me desnivela –mal portado- lo corrijo, pero con palabras, le digo que me siento triste por lo que hace y que lo voy a perdonar ahora y mañana. Luego, me consuela y me dice que no lo volverá hacer”.

Doña Teresa, es una hábil cocinera, antes de los terremotos, tenía su comedor, donde la especialidad era el bazo relleno –carne de res con diferentes ingredientes- , receta que resguarda en su mente y la persona que quiera degustar, tiene que solicitar sus servicios.

Sin embargo, ella ya no puede cocinar como antes, su cuerpo ya no presenta la misma agilidad, se hilvana a su edad la ceguera heredada de las vigas que cayeron en el rostro, cuando su casa sucumbió ante los terremotos en el 2001.

Para Mauricio y su madre, lo que les sustenta a diario es la unión familiar y el poco ingreso que reciben del PATI. La única incertidumbre que tienen, es qué pasará cuando las pinceladas de Mowgly finalicen dentro dos meses en Guadalupe, un municipio donde su capital humano se desgarra por embellecer el municipio y que está dispuesto a producir más, en tierras donde rascar la tierra para salir de la pobreza no basta.

 

Oficina San Jacinto

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