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Flores y una oración para el PATI

  • Escrito por Óscar Girón
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Doña Rosa con su Biblia y flores

Con el pasar de tiempo, el Gran San Salvador ha crecido a nivel de infraestructura y poblacional, y en esta floración urbana se encuentra Soyapango, uno de los municipios más industrializados y con lugares eminentemente comerciales. Dentro de estos últimos, en los alrededores de Unicentro, se atesoran las andanzas de Rosa Elida Cabrera de Rivera, una fémina de más de cuatro décadas que rompen el silencio después de levantar su autoestima al participar en el PATI.

A ella, es común encontrarla en el bullicio y tronar de los automotores que se tragan a Soyapango en las horas pico – de seis a siete de la mañana y de cuatro a siete de la noche- tiempo donde la mayoría de los residentes se traslada de sus hogares para centros educativos, trabajos y otras diligencias, y viceversa.

Dentro de este mundo plagado de contaminación y ruido, Rosa marca su paso con una bolsa repleta de exquisiteces con sabor a eucalipto, de esos dulces que vienen envueltos en un papel blanco con una mancha verde en el centro y que al morderlos en su corazón se disfruta el sabor mentolado.

“He dejado de vender por las mañanas, como participo en el PATI no puedo hacerlo, es un compromiso que asumí. Sin embargo, por la tarde, cuando me desocupo y dejo todo en regla, salgo a vender”, comenta esta madre de seis y que ha sido seleccionada por el FISDL y la municipalidad por vivir en la Comunidad Regalo de Dios, que es uno de los asentamientos urbanos precarios de la zona.
Ella, continua con su relato: “Deje contarle, yo vendo desde la comba que hace el paso desnivel cerca de Unicentro hasta las proximidades del Polideportivo y mis dulcitos los doy a cinco por una cora; dinerito que no es suficiente para sobrevivir en estos dorados tiempos”. Es decir, cinco dulces por veinticinco centavos de dólar.

Rosa, junto a 150 participantes más, el pasado 12 de mayo, ya recibieron los primeros 100 dólares del PATI. A cambio, se comprometieron a participar en la ejecución de proyectos comunitarios integrales como: huertos caseros, infraestructura comunitaria, arte urbano y medio ambiente. Este último, lo desarrolla esta cuarentona con mucha pasión.

Flores para mi proyecto

Esta mujer, le hace honor a su nombre; el día de pago sus manos se fundían entre los pétalos y hojas, no por vanidad o para llamar la atención de las personas que resguardaban la casa comunal, ni para demostrar que trabaja fuerte y con esmero en el proyecto de medio ambiente. Aunque muy temerosa al tema, sus cuerdas vocales un poco tímidas empezaron a susurrar.

Al principio no le entendía; el temor y la voz quebradiza se lo impedían tras un nudo en la garganta que le había ganado la batalla por unos instantes. Mi tímpano alcanzó a vibrar tras ese cuchicheo de Rosa y alcanzó a descifrar que era para sacarles el néctar del conocimiento a sus colegas y para que la demás personas no pensaran que tenía un problema mental.

De pronto sus cuerdas rompieron la brecha del temor y dijo: “Mucha gente piensa que estamos locas por andar recogiendo palos y flores. Que con eso, no hacemos nada, pero después se van a dar cuenta que esos bejucos que pepenamos, van a dar flores muy bonitas y van a embellecer a Soyapango”.

“Estas flores son del PATI, todas tenemos la tarea de llevarlas para que las sembremos, porque vamos a crear un proyecto de jardinería. Hoy corté estas, son bonitas y van adornar la ciudad”. Afirma esta fémina con la frente en alto.

A lo que secunda: “No me puedo el nombre de estas flores, pero como tengo buena mano… se me van a pegar. Además, me las llevo porque son blancas y para mi representan la esperanza que tenemos todas las mujeres que trabajamos en el PATI”.

Contra prejuicios y malos comentarios de algunos detractores del plan de jardinería, esta mujer y sus colegas asociadas al Proyecto, se impulsa por hacer bien las cosas y cada día que pasa, le encomiendan su quehacer a un ser supremo- Jehová- Dios.

Una oración para el PATI

“Señor Jesús, le damos gracias por darnos un día más y por darnos una oportunidad más para seguir en este proyecto. También, le damos gracias porque nos da fuerzas para realizar bien nuestro trabajo.

Bendiga Señor, a todas las personas que estamos en el PATI y bríndeles sabiduría a quienes lo administran para que apoyen a más necesitados.

También, le doy gracias, por ayudarme a llevar los alimentos a mi casa, por mantener mi negocito por las tardes, siempre me ha amparado y nunca me ha faltado el sustento.

Gracias Señor por este nuevo día, que esperamos con mi familia honrarlo y vanagloriando con tu nombre. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén y amen”. Culmina la oración Rosa, con sus ojos inundados y con una silueta en su rostro en señal de satisfacción y de diálogo con el ser Supremo Jehová.

El amor a Dios y las oraciones de Rosa, están teniendo resultado, con el dinero percibido por el PATI, ha logrado ampliar su negocio, el sabor mentolado pasó a un segundo plano. Hoy, ofrece a su clientela trece sabores y el especial de sus productos es el un bombón secreto, que guarda en su interior la exquisitez de una goma de mascar- chicle- que vende a tres por una cora -25 centavos de dólar- y que espera ampliar más con el próximo pago.

La visión empresarial de Rosa Elida Cabrera de Rivera y un orgullo para las salvadoreñas. Ella, mantiene a sus vástagos fuera del negocio, los manda a la escuela, para que se formen y tengan educación.

El único que no se escapa es su compañero de vida, el señor Rivera, quien se encuentra postrado en una silla de ruedas y se queda al cuido de la casa mientras lo jóvenes llegan después de alimentarse con las letras -de la escuela. Hoy, que amplió el negocio, se lo lleva por las tardes para la comba de Unicentro para que le haga compañía y le ayude a vender los dulces.

Rosa es un claro ejemplo de la efectividad de los programas sociales que impulsa la presidencia de la República de El Salvador bajo el Sistema de Protección Social Universal y es un modelo de superación a seguir por las nuevas generaciones.

Oficina San Jacinto

10a. Avenida Sur y Calle México, Barrio San Jacinto, San Salvador.
Tel.: (503) 2133-1200. Ver mapa de ubicación
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